Adiós a Europa (Un artículo de Mikel Zuza)

"Ahora, 75 años después de esas palabras, vemos que Europa vuelve a suicidarse cerrando fronteras y abriendo campos de concentración"
Adios a Europa

FIRMA: MIKEL ZUZA  |

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La semana que viene, el diez de mayo, concretamente, se cumplirán 84 años de la quema de libros en las principales ciudades universitarias de Alemania por parte de estudiantes, profesores y miembros del partido nazi, que siguiendo concienzudamente la lista negra que obtusas mentes habían elaborado, arrojaron al fuego las obras de los intelectuales más señalados de aquel país que, al menos hasta entonces, se consideraba como el más culto del mundo.

Uno de esos autores proscritos e incinerados “en efigie” fue el austriaco Stefan Zweig, que hizo caso a otro insigne escritor en lengua alemana –Heinrich Heine– y comprendiendo que allá donde se queman libros, se acabaría quemando a personas, decidió exiliarse y poner tierra de por medio con aquel vertedero ideológico y moral en que se había convertido la tierra que le había visto nacer, para acabar buscando refugio en Suramérica.

Precisamente el sábado estuvimos viendo en los Golem “Stefan Zweig: adiós a Europa”, que narra los últimos y tristes años del que, en aquellos momentos, probablemente era el escritor más famoso del planeta. La cinta prácticamente se abre con una cita de Américo Vespuccio sobre la bahía de la futura Río de Janeiro que él mismo empleó en su libro Brasil, país del futuro: “Si el paraíso existe en algún lugar de este mundo, no puede estar muy lejos de aquí”.

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Pero a esas alturas, desgraciadamente Zweig ya se sentía extraño a cualquier paraíso, y la nostalgia de la Europa que conoció y amó, maravillosamente metaforizada en ese patético vals interpretado en mitad del trópico que nos muestra la película, y la terrible convicción de que el Nazismo ganaría la guerra, le llevaron a decidir suicidarse junto con su mujer, el 22 de febrero de 1942.

Es difícil destacar un libro sobre todos los demás en una obra de tanta categoría como la que dejó Zweig tras de sí, aunque resulta evidente que El mundo de ayer, por su carácter autobiográfico, encierra muchas de las claves vitales del autor vienés. En su prefacio escribió:

“Me crié en Viena, ciudad dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas. Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; “

Ahora, 75 años después de esas palabras, vemos que Europa vuelve a suicidarse cerrando fronteras y abriendo campos de concentración, con un único cambio ostensible en nuestro nivel de degradación: haber cambiado los trenes hacia el este, por barcos atestados en el Mediterráneo.

Quién sabe: quizás las próximas quemas de libros ya estén también preparándose. ¿Y dónde quedará entonces ese paraíso que entrevió Vespuccio? Desde luego no en la Bruselas de los mercaderes, ni desde luego en la cueva de piratas económicos de la city londinense, tampoco en la Francia cuya mitad sigue anhelando volver al régimen de Vichy, por mucho que usen la figura de Juana de Arco como banderín de enganche.

Hay sin embargo otro libro de Zweig que siempre me gusta destacar: Castellio contra Calvino, que cuenta la desigual batalla intelectual entre el primero, un humanista defensor de la libertad de pensamiento y el segundo, un intransigente religioso, a cuenta de la quema en la hoguera de uno de nuestros más ilustres paisanos: el tudelano Miguel Servet.

Y este triste hecho concreto, acontecido en el siglo XVI, trasciende a su época por obra y gracia de Zweig, que emplea varias veces una frase del propio Castellio como argumento principal de su alegato: “Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina; será siempre y únicamente matar a un hombre”.  ¡Ay! Si todos los fanáticos que en el mundo se han sucedido desde entonces hubieran tenido en cuenta tan elemental precepto…

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Sí: desde luego que os recomiendo que vayáis a ver Stefan Zweig: adiós a Europa. No creo que, desafortunadamente, aguante mucho más en cartelera. Será sustituida con total probabilidad por alguna película con mucho ruido y explosiones, pero de las que sólo afectan a los oídos, y no a los sentimientos, como sí logra hacer este modesto –tan sólo por presupuesto- film alemán dirigido por María Schrader.

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