Nuestro amigo Teobaldo (Un artículo de Mikel Zuza)

El autor aboga por recuperar la estatua del monarca navarro que tan solo perduró en la Taconera unos meses antes de la Guerra Civil
Imagen de Teobaldo 2
Firma: Mikel Zuza  |

La semana pasada, el Ayuntamiento de Pamplona hizo público el “Proyecto Taconera”, que busca modernizar y revitalizar la zona norte de nuestro parque más histórico. Aquella que, al menos hasta ahora, ha ejercido siempre de patio trasero de la parte más visible de los jardines ciudadanos por antonomasia, que sólo cobraba protagonismo en Sanfermines, con el concurrido txoko del Oinez.

Se ejecutará durante los próximos tres años, y la inversión prevista será de dos millones de euros, que se emplearán en convertir los alrededores del desaparecido restaurante Vistabella –divididos en seis ámbitos de intervención- en un gran espacio verde accesible con zonas de estancia, espacios para juegos y un pequeño pabellón a modo de kiosko.

Una ocasión más que pintada, esculpida, para recuperar una estatua perdida que existió allí durante unos meses del año 1935 (no le dejaron durar más) y que encarna por tanto mejor que ninguna otra esa costumbre de iconoclastia tan pamplonesa que parece que llevamos en los genes quienes habitamos por estos lares, y que nos hace secundar con saña cualquier tipo de derribo y/o destrucción histórico-artística, algunas veces en nombre de no sé qué progreso, y en otras ocasiones sólo para demostrar que a burros no hay quien nos gane.

A la del rey Teobaldo I, patrocinada por el Consejo de Cultura de Navarra del año 1934, y realizada por el doctor Victoriano Juaristi, me estoy refiriendo. Aparecía el monarca sentado en el medio de los arcos góticos, con su mano derecha consultando un mapa o pergamino, la izquierda apoyada en el asiento y sus pies descansando sobre un mullido cojín.

Imagen de Teobaldo 1

Precisamente esa concepción tan contemporánea de la estatua, sin pedestal y al alcance de cualquiera que pasease por aquel solitario rincón, fue la desencadenante de su ruina y desaparición, pues prácticamente desde el mismo momento de su colocación, y en palabras demasiado mesuradas del propio Juaristi, en un texto titulado: “Nuestro amigo Teobaldo”, escrito a los pocos meses de la inauguración del monumento: “el buen pueblo al que don Teobaldo tanto amó, le ha chafado las narices a pedradas, como a cualquier muñeco del pim-pam-pum de la feria“.

Porque resulta que el buen pueblo, no se conformó con las pedradas, sino que acto seguido descabezó la estatua (y qué gran fin para los reyes es ese) y arrojó lo que quedaba de ella al foso, de donde hubo de rescatarla su autor, a quien me temo que sus conciudadanos conceptuaron siempre como un soñador, alguien empeñado en difundir la Cultura en un lugar donde, por aquellos mismo y aciagos años, muy pronto quien oyese semejante palabra no tardaría en llevarse la mano a la pistola.

Y así permanece la arquería desde entonces: vacía y tan desdentada como la boca de un viejo, sin su rey poeta, el mismo que mereció estas palabras tan hermosas de Anelier (otro de esos personajes que tienen calle, pero nadie sabe muy bien quiénes son, porque con saber quién participa en OT o qué colonia usa CR basta y sobra):

Reinó con gran rectitud, amó mucho la justicia y ordenó tratar por igual al pobre y al rico. Fue tan bueno, y rey tan instruido, que durante el tiempo que vivió hubo gran abundancia en Navarra de vino, de trigo, y de todos los restantes bienes que de la tierra se recogen. Tan agradable fue el rey, que durante toda su vida defendió alegría y amor, y honró sus mandatos. Compuso muchas canciones con bella y agradable melodía, muchas pastorelas y bellos partiments. Se preocupaba de los juglares y los honraba, y celebraba a las damas como si fuera su sirviente. Os digo, a fe mía, que su trato valía por dos de otros reyes. Así de afable era él”.

Pero es que el príncipe de Viana (otro que tal), añade en su crónica el importantísimo dato de que:

Era valiente rey, alegre y gran cantador. E hizo traer desde Champaña buenas peras y manzanas, porque amaba mucho la buena fruta”.

¿No se merece por tanto una estatua un gobernante tan desusado como Teobaldo I? Aunque me temo que a alguien que ordenó tratar por igual a pobres y a ricos (un mandamiento que ocho siglos después debe seguir siendo considerado como ciertamente revolucionario), se le aplicaría hoy en día el 155. El mismo que le aplicaron a su figura –por la tremenda- en 1935, unos dicen que porque representaba a un rey en tiempos republicanos, y otros porque su andrógino look (para aquellos años), la convirtieron en objetivo homófobo preferente de toda la caverna que afilaba las bayonetas en aquella clerical y militarizada Pamplona de vísperas de julio de 1936, simbolizada perfectamente por el rancio archivero municipal de aquel entonces, que tildó públicamente a la estatua de “marimueta tafallesa”.

 ¡Ya está el canso de Zuza dando la lata con piedras viejas! Sí: no lo niego. Esa estatua, que tiene evidentemente mucho más valor histórico que artístico (cuando se instaló, Pamplona sólo tenía otras 13 estatuas más repartidas intramuros, aunque no es que ahora mismo tenga muchas más, para qué vamos a engañarnos), me ha interesado desde que mi padre me contaba que siendo él un mocete que iba a jugar a fútbol a la zona que ahora van, ochenta años después, a adecentar por fin, se sentaba en el arco de al lado de la estatua de un rey que juraba y perjuraba -sin que yo terminara de creerle- que hubo allí, justo en medio de los arcos góticos.

Por eso encontrar la fotografía de la estatua desaparecida, búsqueda que me llevó mucho, mucho tiempo, e incluso tener que lidiar con otro archivero igual de rancio que su predecesor, que me aseguró que nunca hallaría yo semejante testimonio, supuso para mí, al enseñarle tal imagen a mi padre, el privilegio de poder acompañarle en el fugaz retorno a su infancia. Pero también cerrar el círculo que supone certificar que la Ciudad –con mayúscula- no pertenece a quienes la habitamos en el momento presente, sino a cada generación que hizo posible en el pasado que conserváramos lo que la hace diferente a otras.

Porque si unos (y unas, que el género no distingue en estos asuntos) bestias hicieron todo lo posible para que muchos testimonios no llegaran a nuestra época; otros muchos, armados únicamente con su memoria, nos demuestran que sus recuerdos de la ciudad son el mejor Archivo Municipal posible.

Así que desde luego creo llegada la hora de que Pamplona/Iruña, en el marco del Proyecto Taconera, recupere aquella estatua mártir de la intolerancia más oscura, y pague así otra pequeña deuda, no con el rey Teobaldo I o con el doctor Juaristi, sino con todos aquellos habitantes que nos antecedieron, y con todos los que nos sucederán.

Y si a alguno le parece mal erigir una estatua a un rey, que se quede con que también era poeta. Si a alguna le parece mal que fuera poeta, que se quede con que también era jurista, pues compiló el Fuero. Si a alguno le parecen mal las leyes, que se quede con que también diseñó el escudo que Navarra que –todo lo modificado que se quiera, para ictericia de Jaime Ignacios variados- nuestra Comunidad utiliza todavía hoy en día. Si a algunos no les parece lo suficientemente bella, que piensen que podrán así organizar un certamen de fealdad estatuaria con las otras efigies reales dispersas por la ciudad; y que, a mi juicio, entre la de Carlos III y la de Sancho el Mayor, esta de Teobaldo I no lo va a tener nada fácil para quedar primero.

Y, en fin, si a alguno o a alguna le parece mal todo esto, que se vaya a pasear a otro parque, leñe.

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