Cibeles en el Araciel del Ebro y Silvano en la Aracaeli del Arakil (Un texto de Eneko Abal)

El autor explica la relación de deidades y geografías que confirman en el “Informe Silbaniano” a los aracelitani de Plinio y su relación con los aracellitani del Arakil. El artículo repasa el recorrido cronológico sobre los topónimos “Araciel” y “Aracaeli” hasta entrado el medievo.
El valle que riega el Arakil, con Ihabar al fondo. Foto: Arakil.net
El valle que riega el Arakil, con Ihabar al fondo. Foto: Arakil.net

 Firma: Eneko Abal

Cuando Aníbal aparece en la geopolítica europea, Roma, que se ve amenazada, ve obligado consultar los Libros Sibilinos en el 205 aC. El oráculo de la Sibila de Cumas aconseja en esos momentos de incertidumbre llevar a Roma la piedra negra o betil que simbolizaba a Cibeles y su culto (que entonces no estaba entre los principales). No sería hasta el año 194 aC cuando se construye el templo del Palatino en la capital romana y su práctica religiosa, que era diferente a otras, se extiende por toda la geografía romana.

Cibeles decimos que tenía un culto diferente y es porque su práctica religiosa fue de las primeras religiones mistéricas que aparecían en Roma. Con este tipo de religiones, o mejor dicho gracias a ellas, se practicaron rituales que fueron el contrapeso institucional que necesitaba Roma a la llegada de Aníbal, Cartago y sus nuevas formas sociales. Está claro que la Sibila sabía muy bien qué hacer en caso de gran peligro para unas aspiraciones tan extensas, así que en este caso de 205 aC aconsejó sumar a los ritos que se practicaban, los cívicos, un “nuevo” tipo de religiosidad para aglutinar en torno a Roma a más sociedades. Son los ritos mistéricos.

La cuestión del adjetivo “mistérico” radica en que ese tipo de práctica religiosa tenía en el transcurso de la vida de cada persona y cada comunidad una serie de acontecimientos denominados “misterios”. Estas actuaciones en la vida servían como pruebas espirituales de aquel momento (siempre generalizando humildemente), y eran vivencias que el individuo estaba obligado a pasar y a menudo a no contar bajo pena incluso de muerte. Estamos hablando de grandes ayunos en comunidad durante días, de pruebas rituales sociales y demás escenas que cualquiera podemos imaginar.

Las que explican la relación entre Araciel, los Aracelitani de Plinio y la diosa Cibeles propuesta en el artículo de “Graccurris, el Ebro y Cíbeles” son entre otros los misterios Eleusinos. Unos ritos que estuvieron presentes en la sociedad desde el siglo VII aC al menos (Himno de Deméter) y hasta que empieza la destrucción de templos por orden de Alarico en el 394 dC. Fueron al menos mil años.

Los aracelitani practicaban unos ritos religiosos por los que sufrieron pérdidas y batallas

Estos misterios también los componían las Dendroforias, las fiestas de Deméter, que consistían en llevar en procesión la figura de un árbol; concretamente y en el caso de esa diosa griega, un pino. En el caso de Cibeles y el topónimo Araciel podemos ver a pocos metros el “ontinar” o un “encinar” (este último declarado Monumento Natural e incomprensiblemente sin una de sus 3 encinas históricas ya que justo hace un año la declararon oficialmente seca).

Esto de sacar en procesión la figura de un árbol asociado a una divinidad también ocurría en otras religiones mistéricas que acompañaban a Cibeles en el oráculo, como las de Apolo o Silvano. Unos comportamientos que como vemos, realmente todos formaban parte de una misma religión. Básicamente lo característico era más bien la deidad y las formas de práctica religiosa para con ella, no tanto que todos los dioses tuvieran misterios y ritos iguales. Depende de si vivías en una montaña o en el plano, tenías una deidad u otra. Y dependiendo de qué deidad, unos misterios o otros. O no los tenías y practicabas ritos cívicos.

El caso que nos ocupa sobre los topónimos de Araciel y de Aracaeli propone la existencia de los aracelitani que Plinio describía en el entorno del Ebro. De ellos conocemos que protagonizaron batallas, que además con el tiempo son enmarcados como parte de esas comunidades denominadas bagaudas, y que fueron un importante y desconocido movimiento social en la caída del sistema romano.

Los aracelitani se movieron sobre el valle del río Arakil como aracellitani

Con los aracelitani de Plinio en el Ebro nos encontramos ante una sociedad que se comportaba en torno a una deidad que tenía un ara, un altar, y que ésta debió ser lo bastante famosa o prominente como para denominar a su comunidad “los del altar”. Era la madre de todas las aras, la de Cibeles.

Estos aracelitani del Ebro y del ara de Cibeles tenían sin lugar a dudas actitudes y comportamientos mistéricos, lo que les valió el apelativo mencionado y evidentemente su diferenciación frente al resto de comunidades. Tanto es así que en el 443 dC, Asturico o Merobaudes, generales hispanorromanos de la época, están en conflicto con unos bagaudas primero y unos aracellitani después. Estos últimos además sufrieron graves pérdidas en batallas como la de Araciel y también “cerca de Pamplona”. Más tarde y sobre la misma geografía, es conocido que en el Ebro existe un denominado “obispo Silvano de Calahorra” que cambió su sede a otra que estaba “vacante”, lo que provoca un gran conflicto.

Esta acción del obispo Silvano de cambiar a una sede vacante y otras afrentas contemporáneas las narra el propio Papa San Hilario en sus decretales de 465 dC. Describe el intercambio de quejas del organismo central de Zaragoza frente a Silvano y también las denuncias firmadas por el propio obispo Silvano por la gravedad de los acontecimientos. En ellas se describe esa queja por cambiar la sede de Calahorra a otra vacante sin permiso del remitente, Zaragoza, a lo que el Papa responde discutiendo a Zaragoza y argumentando que los nobles de Varea, Tricio, Herramélluri, Bribiesca, Tarazona, Cascante y Calahorra están junto al obispo Silvano.

Los aracellitani del río Arakil son denominados como Castro Silbaniano

Del obispo Silvano tenemos pocos datos que reflejar a consecuencia de las leyes de desaparición de piedras y documentos tras la conquista. Lo poco que conocemos de él es que el sobrenombre “Silvano” no era su nombre propio y que, sin aparentemente relación, Lacarra, Arbeloa o Martín señalan un “Castro Silbaniano” en el Códice de Roda o los Anales de Pamplona.

Silvano, la deidad, de forma estricta, es un dios que podemos decir que está jerárquicamente “inferior”, “que está bajo”, aunque también “que es afluente” de Cibeles. Y no era solo una deidad, eran en realidad tres deidades a las cuales se les denominaba de forma conjunta como “silvani”. Estos 3 Silvanos eran: Silvanus sanctus sacer Larum (situado en la zona del monte propiamente llamado Aralar), Silvanus Salutaris (en la zona de Agurain), y Silvanus Orientalis (el de la zona de Irurzun y que contenía la histórica Sajrat Qais (en el monte Gaztelu). Juntos conforman un extenso Castro Silbaniano que era afluente de Cibeles a través del río Arakil que los escribas arábigos describieron como “río Argo”. Era el arako euskaro, el río de las aras.

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