Contante y sonante (Un artículo de Mikel Zuza)

"Pero monten los aparatosos espectáculos que monten, seguiré pensando que siempre será mucho mejor permitir que cada uno decida lo que le parece más conveniente, que prohibir y sancionar todo lo que no se ajuste a unas predeterminadas convicciones"
Contante y sonante

FIRMA: MIKEL ZUZA  |

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Como salida de la noche de los tiempos, he aquí que al parecer estamos metidos de nuevo en una de aquellas “guerras de banderas” que machaconamente estallaban cada verano de hace tanto tiempo ya, que hasta cuesta hacerse a la idea de que todavía quede alguien que no haya leído al doctor Samuel Johnson.

¿Lo cuálo doctor? ¿Quizás el inventor del champú que hace al cabello rubio resplandecer tanto al sol, que hasta el rey Teobaldo ha de taparse los ojos para seguir escribiendo sus versos de amor? Nada de eso. Samuel Johnson fue –y para muchos todavía lo es- el hombre de letras más distinguido de toda la historia de Inglaterra, si es que eso supone algo aún, claro está.

El caso es que el bueno de Johnson nos legó muchos aforismos de esos que merecen ser tallados en piedra incluso antes de que la tinta se seque sobre el papel donde han sido escritos. Y el que más me gusta a mí es aquel que dice: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Cualquiera que haya visto alguna vez la excelente película “Senderos de gloria” lo comprenderá perfectamente, pero por si acaso queda alguien que no lo haya hecho, aquí está el enlace al fragmento más impactante.

Es, sin duda, una desdicha histórica muy grande que, en esta tierra nuestra, siempre haya habido muchos más seguidores del general Mireau que del coronel Dax. Gente a la que basta que le pongan una bandera delante –ya sea una propia o extraña- para que derrape (más que para que embista) como un Miura en la curva de la Estafeta.

Gente que normalmente no tiene ni idea de simbología o de emblemática. Lo único que saben es lo que en Barrio Sésamo les enseñó Supercoco: “Aquí y allí”, “nosotros y los otros”, “el que no está con nosotros, está contra nosotros”. Vale, esta última no se la enseñó Supercoco, sino otro monstruo azul, pero el resultado viene a ser el mismo. Por supuesto, ni se os ocurra hablarles de Brassens y su Mauvaise réputation

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Lo triste es que gente de este talante acabe sentada –o levantada, ya no lo sé demasiado bien- en una cámara cuyo hermoso nombre: Parlamento, hace o al menos debería hacer siempre referencia a la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española: “Entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato o para zanjar cualquier diferencia”.

Lástima también que muchos de los –y de las- que allí asientan sus posaderas (su cerebro parece como si lo dejasen fuera en muchas ocasiones) sólo busquen la rendición y no el acuerdo. Pero monten los aparatosos espectáculos que monten, seguiré pensando que siempre será mucho mejor permitir que cada uno decida lo que le parece más conveniente, que prohibir y sancionar todo lo que no se ajuste a unas predeterminadas convicciones.

Sin embargo, es innegable el poder que en nuestra condición humana ejerce el símbolo, la necesidad a veces irreprimible de sentirse cobijados bajo el mismo emblema, el frío que hace fuera de la masa protectora. Así que yo también puedo jugar al mismo juego e intentar tomar la colina de las hormigas.

Porque ese frío es parecido al que se pasa mientras se espera que la villavesa de la línea 3 llegue a la parada frente al parlamento. Frío que hace reparar en que la nuestra debe ser la única cámara legislativa presidida por el escudo de otra comunidad. De otra comunidad (Castilla) que además es precisamente la que acabó con la multisecular independencia de Navarra en 1512. Que sí, que ya sé que no es exactamente eso, que es el escudo antiguo de España, pero el caso es que las cadenas (las del escudo, no las del anís, que en estos temas hay ya que deslindar muy bien los terrenos) quedan completamente orilladas.

¿No habrá un coronel Esparza o una general Beltrán que denuncien semejante agravio a nuestro escudo? ¿O quizás ahora que se lo he desvelado, lo que harán será sembrar de bandericas con ese mismo escudo antiguo de España sus escaños? Y es que sembrar bandericas se les da muy bien. Lo que no se les daba tan bien era ahorrar 60 millones –o más- no construyendo un pabellón que ahora nos cuesta a todos un millón de euros anuales mantener ¡cerrado!

Del Navarra Arena estoy hablando, al que quizás podría sacarse –al fin- partido, si lo llenásemos hasta arriba de banderillas con bien de cebolletas, guindillas y pimiento rojo para que puedan picar algo los miles de sufridores que cada quince días acuden a El Sadar. Aunque ¡horror!, esa mezcla de hortalizas forma la combinación de colores proscrita: blanco, verde y rojo. Es evidente que se la quería yo colar a la brigada banderillera.

Y digo bien: banderillera, porque viendo sus espantadas parlamentarias me viene indefectiblemente a la cabeza la anécdota del torero Juan Belmonte, que visitando un día a las autoridades de su provincia se encontró con que el nuevo gobernador era un antiguo banderillero suyo. ¿Pero cómo has llegado tú aquí? –le espetó sorprendido al nuevo político– Pues ya lo ve, maestro: degenerando…

Y para luchar contra eso, lo mejor que puede hacer nuestro Gobierno es precisamente lo contrario: regenerar. Y una de las mejores maneras que se me ocurren es utilizar lo que ya tenemos, y además en abundancia: Historia.

Parece mentira, pero uno de los símbolos más potentes de nuestra soberanía lleva desde 1984 dormido –salvo exposiciones hipereventuales- en los almacenes del Museo de Navarra. A la preciosa colección numismática del reino de Navarra me estoy refiriendo.

Quien o quienes decidieron en aquel momento privar a la ciudadanía de poder contemplar de forma habitual semejante tesoro, demostraron o bien su crasa ignorancia, o bien optaron conscientemente por desdibujar dicha soberanía escondiéndolo para que nadie entre estas mugas pudiera pararse a reflexionar sobre un indicador político tan rotundo como son las monedas, uno de los más evidentes y visualmente notorios de la vigencia a través del tiempo de un poder público que avala su emisión, y como tal se hace representar en ellas.

Así que creo que es el momento de aprovechar este desusado interés por nuestros propios símbolos para sacar a la luz lo que nunca debió ocultarse.

Por eso la responsabilidad recae en el actual Gobierno de Navarra que, sacando las monedas navarras definitivamente del almacén que las custodia, manifestará fehacientemente a quienes sólo usan la bandera de Navarra para hacer verónicas con ella, que los símbolos propios nos pertenecen a todos, y no sólo a los que –teatralmente la mayor parte de las veces- más se envuelven en ellos. Y también demostrará de paso que, así como los gobiernos anteriores tuvieron miedo de que los navarros y navarras accedieran a semejante y crucial testimonio de nuestro pasado, ahora ya no existe temor alguno a que cada persona piense por sí misma.

¿Por qué airear nuestros símbolos solamente en los balcones oficiales? ¿No quieren símbolos? Démosles también los que ellos no supieron o no quisieron hacer visibles. De esta forma, Sancho el Sabio y su hijo Sancho el Fuerte nos mostrarán su perfil bueno y presumirán de todo lo que hicieron en su tiempo, Carlos II nos guiñará el ojo desde su mayestática y centrada posición en su gros de plata, Juan y Blanca nos enseñarán la primera campaña publicitaria de JB en su moneda, podremos enrolarnos en la rebelión vianista adoptando de buen grado el emblema de los tres lazos, y descubriremos por qué el escudo Navarra-Evreux de los ducados de oro de Juan y Catalina fue proscrito por el invasor Fernando el Católico.

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Sí, que todas esas monedas sirvan por fin para pagar la módica factura que supondrá poder descubrir con nuestros propios ojos el pasado, sin necesidad de interesados y circenses intermediarios. Y esto tampoco tiene –por supuesto- nada que ver con reivindicaciones de tiempos monárquicos.

Al contrario: piensen también quienes agitan banderas tricolores, que ese color morado que bochornosamente algunos todavía quieren prohibir en pleno siglo XXI, hace referencia a los comuneros de Castilla, una guerra en la que precisamente Navarra no tuvo parte alguna, pues justamente ese mes de mayo del año 1521, fue nuestro último mes como país independiente.

Dejemos de una vez que sean esas monedas que durante tanto tiempo se ha pretendido mantener mudas las que nos cuenten su/nuestra historia, y que su metal cargado de siglos sirva para sembrar la identidad de todos, y no sólo la de quienes creen que jamás se equivocan.

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