Derechos Históricos (Un artículo de Mikel Zuza)

El autor carga contra las últimas ocurrencias del líder ultranacionalista español, Albert Rivera, reencarnación del ministro Gamazo
Mikel Zuza

Firma: Mikel Zuza

Hace apenas un mes, la actual reencarnación política del ministro Gamazo, Albert Rivera, se preguntaba públicamente ante sus incondicionales: “¿Qué es eso de los derechos históricos? Derechos pasados o inventos para pedir réditos futuros y privilegios. Aquí no hay derechos históricos. Aquí nacemos libres e iguales y tenemos derechos ciudadanos y personales, no territoriales. Nadie es más que nadie”.

En cada generación desde 1512, e incluso antes, cuando agramonteses o beaumonteses se convertían según les interesara en meros agentes en Navarra de los intereses castellanos o franceses, ha habido siempre defensores de acabar con los Fueros, cuyo único nexo en común con la realidad navarra suele ser haberse comido una lata de espárragos, probablemente peruanos, como aquel “Bodeguero mayor del reino” que compró de rebajas Miguel Sanz hace unos años. Así que estamos más que entrenados para enfrentarnos a su brutal desconocimiento, por mucho que presuman de saber exactamente lo que más nos conviene.

Esta vez vienen envueltos en la sacrosanta Constitución de 1978. La intocable (menos el verano en que Europa puso de rodillas a PP y PSOE, claro está), aquella que supuestamente garantiza el derecho a la vivienda, el trabajo y la cultura a todos los españoles y españolas, pero como esos artículos son difíciles de cumplir, la demagogia rampante, apoyada siempre por la prensa más iletrada, prefiere cargar contra la Disposición Adicional Primera, que les debe de parecer de más sencilla y rentable electoralmente eliminación: “La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales”.

Saben además que podrán contar en su campaña intoxicadora con el apoyo de todos aquellos a los que, poniéndoles delante el capote de una supuesta igualdad (la libertad y la fraternidad nunca han cotizado demasiado alto en España), se vienen arriba (siempre arriba) con el objetivo de terminar con lo poco que no nos quitaron ya en 1841.

Y no deja de resultar gracioso que el actual status jurídico-legal de Navarra se base en esa ley que de paccionada no tiene más que el nombre, porque la cruda realidad ya la dejó perfectamente expuesta el duque de Alba cuando respondió a los representantes de la ciudad de Pamplona en 1512: “Nunca serán los vencidos quienes den órdenes a los vencedores”. De tal forma que los mismos que quieren laminar los derechos históricos (preconstitucionales por definición), se agarran con uñas y dientes a una ley preconstitucional que sancionó la pérdida de la condición de reino (con sus fronteras, leyes y moneda propias) y que Navarra pasase a ser una simple provincia más de España.

¿Y qué es eso de los derechos históricos? dice Albert Rivera mientras clava en nuestros Fueros su camisa azul. ¿Y tú me lo preguntas? Reaccionario eres tú.

Sin embargo, creo que precisamente el hecho de que un partido todavía más retrógrado que el actualmente gobernante en Madrid, emplee como banderín de enganche la supresión de los Fueros de Navarra, nos brinda una magnífica oportunidad de volver a enarbolarlos como dique de defensa ideal contra la marea naranja que todas las encuestas electorales profetizan. Además, ¿qué podría fastidiarles más que lo que ellos denominan “antigualla” nosotros lo convirtamos en el no va más de la modernidad, con tal de oponernos a la caspa infinita que sus deprimentes políticas nos garantizan?

Y lo mejor es que ni siquiera tenemos que inventarnos nada, porque sabemos que aquí eso de que “nacemos libres e iguales” no lo dijo de boquilla un repeinado y repelente niño Vicente, sino aquellos infanzones de Obanos que pagaron sus ansias de libertad con su vida en Miluze: “Pro libertate patria, gens libera state: Para que la patria sea libre, la gente debe serlo también”.

Vienen malos tiempos, pero quién sabe: quizás sean los mejores para recuperar aquel espíritu anestesiado a través de los siglos a base de leyes paccionadas y amejoramientos. Además, personalmente, los únicos naranjos que me interesan son los que crecían en los jardines del palacio de Olite. Otro día os cuento su historia…

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