Dicen que, mañana, Rastrojo será Miguel (un artículo de Javier Domínguez)

"Miguel ama esa carrera como el que más, y la adora tanto como a la parte taurina de los Sanfermines, esa que ha visto cambiar profundamente en más de cuatro décadas: del encierrillo en silencio, al barullo de las barracas; de las aceras, a la loseta; del adoquín resbaladizo al antideslizante. Del encierro anónimo, al de los protagonistas mediáticos"
Rastrojo, desayunando antes de un encierro. | Foto: YouTube
Rastrojo, desayunando antes de un encierro. | Foto: YouTube

Firma: JAVIER DOMÍNGUEZ | Periodista

rastrojo0Dicen que el de los Miura de este 14 de julio de 2017 ha sido el último encierro en Pamplona que ha tenido a Miguel Araiz, Rastrojo, como pastor. Dicen que el 7 de julio de 2018 no veremos su cuerpo menudo, pura fibra y nervio, sabiduría concentrada, con el polo verde y su vara. Dicen que Rastrojo será Miguel: marido, padre y yayo… pero ya no pastor.

Eso dicen. A quienes no hemos conocido el encierro sin él, aún nos cuesta imaginarlo. Aunque, a quienes hemos tenido la suerte de conocer a Miguel, y no solo a Rastrojo, quizá nos cueste un poco menos. Además, él insiste, como quitándole importancia a la despedida: “el último en Pamplona”. Lógicamente. No cabe ninguna duda de que le veremos de director de lidia por algún pueblo, en cualquier suelta de vacas; o disfrutando, ahora más pausadamente, con el campo en el que se ha entrenado duro cada año para llegar a punto a su cita con los Sanfermines.

Ese entrenamiento, que a veces ha compartido con los chavales del equipo de fútbol de su pueblo – Caparroso -, le permitía tener una forma física envidiable para cualquier joven. Incluso en estos últimos años, en los que las canas le plateaban ya el pelo de forma considerable. Miguel era, y es, un atleta, que unía a su fortaleza un conocimiento prodigioso del toro y de sus reacciones, y una veteranía de 45 años casi imposible de lograr en una carrera, el encierro de Pamplona, cruel y despiadada incluso con quienes más la aman. Una carrera que te retira brutalmente si no sabes retirarte a tiempo. Pasa cada mañana, pero pasa también en cada vida.

Miguel ama esa carrera como el que más, y la adora tanto como a la parte taurina de los Sanfermines, esa que ha visto cambiar profundamente en más de cuatro décadas: del encierrillo en silencio, al barullo de las barracas; de las aceras, a la loseta; del adoquín resbaladizo al antideslizante. Del encierro anónimo, al de los protagonistas mediáticos. Quién se lo iba a decir cuando una empresa tabaquera les regaló (sí, regaló, eso asegura a quien le quiere escuchar) unas camisetas iguales a todos los pastores. Ellos se las pusieron con el único objetivo de uniformarse y ser más visibles entre la mara de corredores. El revuelo montado por quienes vieron allí la introducción de lo publicitario aún retumba en la Estafeta.

Miguel, de rosa, en la Estafeta, frente a un toro vuelto en 1988. | Foto: YouTube

Miguel, de rosa, en la Estafeta, frente a un toro vuelto en 1988. | Foto: YouTube

Pero allí, en el tramo de Estafeta, lo que Rastrojo hizo retumbar de verdad fue… su fama: elevó su apodo a las alturas y logró hasta cierto halo de leyenda. Con toros sueltos, caídos en una curva de Mercaderes sin añadido químicos, que Miguel hacía volverse con un recorte y aquella vara entre las astas, marcando un semicírculo perfecto. Eso era Rastrojo en estado puro: una ayuda inconmensurable para el capote de San Fermín. Claro que repartía varazos a quienes no hacían lo que debían; y, a veces, se los llevaban quienes no los merecían. Él mismo los ha lamentado después, en frío. Pero… ¿qué haría usted, lector o lectora, si una fina vara fuera su única herramienta de “autoridad” entre 2.000 mozos, 6 toros, 9 cabestros y litros y litros de adrenalina? ¿Qué haría si, en una situación así, sintiera que su cometido era velar por la máxima seguridad posible en medio de aquella especie de orgía? ¿Sería capaz de contenerse en todo momento? Yo, lo reconozco, no.

Rastrojo pasó en los últimos años a Santo Domingo. No era lo mismo, ni para él ni para quienes le seguíamos la pista. Pero dejó, y deja, grandes pastores que empezaron y han aprendido junto a él. Fran, Humberto, Alberto… Muchos le llaman “Profesor”, no sin merecimiento. Son ángeles de la guarda, como los dobladores, que hacen lo posible y lo imposible en cada una de las ocho mañanas de encierros sanfermineros. Y han logrado, creo, el respeto y la admiración que merecen.

El año que viene, la gran mayoría volverá, para hacer que el encierro sea lo que es; seguirán velando por la seguridad incluso de los que no saben quiénes son esos tipos de verde, ahora uniformados oficialmente y sin tabaquera de por medio. El año que viene, sin embargo, no estará Vicente Martínez, Chichipán. Ni estará Rastrojo. El nombre de Rastrojo quedará unido a una época del encierro, y probablemente será un mantra que los aficionados repitamos cuando haya toros sueltos, cuando recordemos situaciones parecidas que el de Caparroso sabía resolver. Lo último que regala Rastrojo al encierro de Pamplona es… su propio apodo. Dicen que Rastrojo, a partir de mañana, solo será Miguel.  

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