El duelo que arriesga a otros duelos (un artículo de Javier Domínguez)

El ramo de flores colocado en el callejón en homenaje a Daniel Jimeno podría haberle costado la vida a otro corredor en el último encierro de estos Sanfermines
El ramo colocado en el primer vallado, en dos instantes del encierro del día 14 | Montaje: Navarra Orain
El ramo colocado en el primer vallado, en dos instantes del encierro del día 14 | Montaje: Navarra Orain

FIRMA: Javier Domínguez  | Periodista

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Antes de Daniel Jimeno Romero, hubo 14 fallecidos en el encierro. 15, si contamos a Francisco García, atrapado en un montón en 1910 y muerto un año después de una tuberculosis probablemente asociada a las heridas sufridas en San Fermín. 16, si contásemos a un guipuzcoano que sufrió un proceso similar entre 1977 y 1978; aunque este caso solo está respaldado por el relato de su propia familia y en el hospital donde murió no encontraremos datos, por haber sido demolido.

Son 16 muertos oficiales, por tanto; cada uno en su rincón del trazado del encierro. ¿Imaginan que en cada lugar fuera colocado todos los años un monolito, un ramo, unas velas encendidas? Tendríamos 5 ramos taponando las gateras del callejón; un monolito en medio de la plaza del Ayuntamiento, con la bandera estadounidense; velas en Mercaderes donde fue golpeado Etxebe… y así sucesivamente.

Eso, sin sumar que muchos podrían optar por bendecir a las alturas con figuras de cera, como en Fátima, agradeciendo que el toro no se los llevase al otro barrio. Se me ocurre que Stephen Townsend querría hacerlo, por las 7 cornadas que sufrió el 10 de julio del 84. O Peio Torreblanca, que volvió a nacer solo dos días después de la muerte de Daniel Jimeno.

Escribo todo esto consciente de que estos muertos tienen su recuerdo conjunto en el recorrido del encierro. La Federación de Peñas, con la aprobación y el asesoramiento del Ayuntamiento de UPN, colocó un poste conmemorativo en el año 2013. Está en el segundo vallado, en una esquina, y se encuentra allí por varios motivos.

El primero es que no tiene que ser desmontando y puede estar allí todo el año. Los otros dos son de seguridad: un golpe contra ese poste, de acero cortén, podría ser letal; y, además, los tablados de madera son más fáciles de subir, en caso de urgencia en la carrera, de lo que sería este. Por ello, no se colocó donde están los corredores, sino en la parte posterior.

Ahora, miren las fotografías que encabezan este artículo. Son del último encierro de este año, el de los Miura.

Dos corredores resultan encunados por un toro junto a un ramo de flores: el que recuerda a Daniel Jimeno. Recuerdo humanamente comprensible, pero un peligro para otros corredores, los vivos que luchan por vivir.

Ese ramo ocupa un sitio en el vallado que puede ser vital para alguien. Envuelto en papel film, se convierte además en una trampa resbaladiza si alguien trata de subir por los travesaños. Ese ramo, creo, no debería estar allí, bajo ningún concepto; igual que se quitan los pañuelos colocados en el mismo lugar, anudados a las tablas, cada año el 10 de julio. Por seguridad de los que no quieren sufrir la aciaga suerte de Daniel.

La de este joven madrileño es la última muerte del encierro hasta hoy. Es, entiendo, la que más duele aún. Y puedo llegar a entender, aunque no la comparta, la necesidad de sumar un recuerdo personalizado al homenaje conjunto que se hace en el poste de acero de la plaza del ayuntamiento. Pero, como el poste, ese recuerdo debe colocarse en el segundo vallado. La vida sigue, el encierro también; y el duelo por alguien no debe arriesgarnos a sufrir otro duelo.

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