Fundido en negro (Un artículo de Mikel Zuza)

Esta semana, en medio de la general indiferencia, se ha cumplido un año desde que cerró el definitivamente el Carlos III. El último cine que había en el centro de Pamplona.
Saide

Firma: Mikel Zuza

Trescientos sesenta y cinco días sin que Orson Welles pueda huir por la mineta del siglo XVIII –si es que dejaron algo de ella, claro-; sin que King Kong se haya encaramado a la torre de San Cernin esperando a los aeroplanos enviados contra él desde Noain.

Sin que Escarlata O’hara jure a las puertas del Paris 365 que nunca más volverá a pasar hambre; sin que Robert de Niro, recién vuelto de Vietnam, mire con remordimiento a los ciervos de la Taconera.

Sin que Indiana Jones haya podido entrar al fin en la cripta de la catedral donde –quizás- aún quedan restos de los reyes de Navarra; sin que unos baqueteados John Wayne y Robert Mitchum patrullen cojeando la calle Mayor tras haber vencido al malvado pero noble Nelse Mcleod.

Sin que Superman, girando sobre  sí mismo como un molinillo, llegue hasta el nivel arqueológico de las termas romanas de la plaza del Castillo; sin que Kirk Douglas pueda cambiar sus acrobáticos saltos de remo a remo en su drakar vikingo, por otros no menos gimnásticos sobre las pasarelas del Arga.

Sin toparse en el Museo de Navarra con Thomas Crown mientras calcula cómo va a robar la arqueta de Leyre.

Sin que Gary Cooper pida la colaboración ciudadana en el pleno del Ayuntamiento para detener al vengativo Frank Miller; sin que las piernas de Marilyn Monroe se descubran ante la vertiginosa corriente que deja a su paso la Veloz Sangüesina.

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Sin que Han Solo quede congelado en carbonita de inmundicias fecales al resbalar en el triángulo de calle formado por el Marrano, el Ulzama y el Otano durante los Sanfermines; sin que Robin Hood y Ricardo Corazón de León mantengan una última conversación en el palacio real de Navarrería; sin que Travis Brinkle inicie su jornada nocturna desde la parada del Niza.

Sin que Groucho Marx pueda decir en sede parlamentaria, allá donde acaba el Paseo Valencia, “estos son mis principios, si no les gustan tengo otros”; sin que el capitán Navarre e Isabeau de Anjou acaben con el obispo de Aquila en mitad de la iglesia de San Nicolás.

Sin que Jane Fonda y Michael Douglas puedan investigar en “El síndrome de Espoz y Mina” por qué huele casi siempre tan mal en esa diminuta calle; sin que un esbirro nazi nos desee “buena suerte” en perfecto castellano al ir a montarnos en la villavesa.

Sin que Goddard pueda terminar “A bout de soufflé” en la calle Salsipuedes; sin que los siete samuráis esperen a los Miura al inicio de Santo Domingo; sin que Germán Areta pueda pararle los pies a Baretta en el Roch; sin que Victor Mature pueda recitar a Shakespeare en el café Iruña.

Sin que Steve Mcqueen elija material en el Labrit para cuando lo metan en “la neverra”.

Principe de VianaSin que Paul Newman y Katharine Ross circulen felices en bicicleta por la Ciudadela; sin que Clemenza le enseñe en el Casa Paco a Michael Corleone cómo se hace la verdadera salsa de tomate con albóndigas; sin que el coronel Kilgore decida cambiar a Wagner por el maestro Turrillas para aterrorizar definitivamente al enemigo (y a fe que resultaría mucho más efectivo).

Sin que Rick venga a tomar las aguas de Belascoain; sin que Connor Mcleod, Rámirez y el Kurgan la emprendan a mandobles entre ellos mientras destruyen a conciencia–y qué felicidad sólo de pensarlo- la horrenda fachada de Ventura Rodríguez.

Sin que la fuente de  Príncipe de Viana tenga chorritos de colores, como la de Villar del Río; sin que Gilda se quite el guante, provocando el mayor tapón de babas masculinas al que haya tenido que hacer frente nunca la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona.

Sin que Liberty Valance ande suelto por Calderería; sin que Grace Kelly y Cary Grant caminen sigilosamente por esos tejados casi florentinos de la Mañueta que se ven desde la plaza de los Burgos; sin que Norma Desmond descienda las escaleras del Gayarre.

Sin que Diane Keaton y Woody Allen puedan cambiar por un momento el puente de Queensboro por el de la Magdalena.

Sin que el general Della Rovere desfile por la ronda Barbazana; sin que Michael Caine, Pelé y Silvester Stallone puedan reforzar a Osasuna; sin que James Bond pueda pedir un Martini mezclado, no agitado, en La Raspa.

Sin que, en definitiva, y probablemente desde la plaza de San Fermín de Aldapa, allá donde puede contemplarse la vista más hermosa de la vieja Iruña, Errol Flynn  pueda acabar diciéndole a Olivia de Havilland eso tan maravilloso  de que “pasear a su lado por la vida fue muy agradable, señora”.

¿Y a cambio que nos han dejado? Una ciudad cada día más gris, ‘Zaratomizada’ y ‘Bershkadependiente’, donde con los únicos que te vas a topar es con los vigilantes de la zona azul y con los recogefirmas de las ONG.

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Llamadme anticuado, pero prefiero mil veces una Pamplona con trece grandes pantallas en las que poder ver a Burt Lancaster y a Virginia Mayo machacando al Halcón, que otra con doscientas mil pantallas diminutas metidas en cada bolsillo donde lo único que todos quieren ver es la última estupidez de algún Cara Anchoa.

Y de eso nada. Ya basta. Quiero levantarme con la música de Movierecord sonando en mi despertador. Quiero comer sólo palomitas y ositos. Quiero bailar con Ginger Rogers. Quiero gritar ¡libertaaaaaaaaaaaaad! con William Wallace. Quiero jugar al ajedrez contra la Muerte. Quiero subirme al Delorean. Quiero que el señor Lobo solucione todos mis problemas. Quiero dar calabazas a madame de Merteuil. Quiero ganarle una mano de póker a Doc Hollyday. Quiero ayudar a Jerónimo a machacar al general Crook. Quiero echarle una carrera en coche a Danny Zuko. Quiero besarte bajo el espino blanco.

Y sobre todas las cosas, quiero saber de una maldita vez cómo demonios meter tres galones exactos de agua en una garrafa de cinco galones…

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