Gracias a todas ellas (Un artículo de Mikel Zuza)

El autor da fe de que en esas calles de Pamplona donde hoy sólo se abren gastro-bares y canso-taskas hubo una vez... librerías
LIBRERIA

FIRMA: MIKEL ZUZA  |

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Hace mucho tiempo, el Ministerio de Medio Ambiente sacó un slogan publicitario para intentar concienciar sobre la lacra que suponen los incendios forestales. Decía así: “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”.  Aunque el que todo el mundo recuerda es la versión corregida, aumentada y mucho más certera que ideó el Perich: “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema, señor conde”.

Pues parafraseando a ambos, lo que lleva años ocurriendo en Pamplona, reflejo de un mal desgraciadamente universal, podría resumirse con esta sentencia: “Cuando una librería desaparece, algo en su cerebro empequeñece y lo convierte en un ser mucho más mezquino y ramplón, aunque jamás haya entrado usted en una de ellas”. Sí. Desde luego que he visto cosas que no creeríais, y no más allá de Orión, ni cerca de la puerta de Tannhäuser, sino aquí al lado, en muchas de las calles donde hoy sólo se abren gastro-bares y canso-taskas donde lo único que importa no son Cortázar ni Borges, sino el pintxopote y el gintonic con rodaja de pepino. Y sin embargo os digo que las vi, que estuve dentro, y que compré en ellas todos los volúmenes que mi escaso juicio y bolsillo me permitieron.

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Calles, sino repletas, que Pamplona tampoco ha sido nunca Alejandría o Pérgamo, sí al menos salpicadas por un montón de librerías en las que poder andar a la rebusca de ese tesoro bibliográfico que ya voy teniendo edad de comprender que jamás aparecerá. En realidad, es algo que descubrí hace tiempo, pero prefiero engañarme a mí mismo y seguir buscando, al menos mientras haya librerías abiertas donde poder hacerlo.

Abarzuza estaba en la calle Nueva, y luego pasó a la calle Eslava, y finalmente a Santo Domingo, donde Marcela sigue demostrando que es la mejor librera de nuestra ciudad, y también la más simpática. Allí comenzó todo, porque estaba al lado de la escuela y entraba yo muy frecuentemente.

Los primeros libros que recuerdo haberles comprado, y que aún conservo, fueron “El castillo de los Cárpatos”, de Julio Verne, e “Historias de cronopios y de famas”, de Julio Cortázar.

Todavía recuerdo como crujían los dos escalones de madera que salvaban el desnivel con el descansillo donde estaban los cuadernillos de Temas de Cultura Popular que editaba la Diputación, y que, por ser tan baratos, era de lo poco que podía permitirme también por aquel entonces, junto con los tebeos diminutos de Supermán de la editorial mexicana Novaro, aunque éstos los compraba en el kiosko de la plaza de San Francisco.

Antares estaba al principio de Paulino Caballero, y allí compré “La última carta”, el cómic de los geniales Charlier y Giraud que continuaba la saga apache y sudista del teniente Blueberry.

Auzolan estaba (y afortunadamente aún está) en la calle San Gregorio, y allí compré la “Silva curiosa de historias” de A. M. Pascual.

Biblos estaba en medio de Pío XII, y allí me topé por primera vez con “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas. Y puedo decir que D’artagnan, Aramis, Athos y Porthos me han acompañado desde entonces.

En El Bibliófilo, en mitad de Carlos III, compré “El misterio de la isla de Tokland”, de Joan Manuel Gisbert.

En la Casa del Libro, que lleva desde 1943 en Estafeta, “Beautiful Rhodesia”, de Carlos Erice.

En la Casa del Maestro, que estaba en la calle San Miguel, y que luego abrió también otra tienda en Martín Azpilicueta, compré “En busca del león verde”, de Judith Merkle.

En Cassandra, que estaba al final de Sancho el Fuerte, “Cuentos para leer por teléfono”, de Gianni Rodari.

En Compás, en plena Vaguada, “Tiempo de silencio”, de Luis Martín-Santos.

En Iratxe, que primero estuvo en Monasterio de Iratxe y ahora en la calle del Carmen, Kike acabó consiguiéndome el tomo que me faltaba de “Castillos medioevales de Nabarra”, de Julio Altadill.

La librería Ítaca estuvo la calle monasterio de Iranzu, y luego se convirtió en el pub Viceversa, donde nunca había la suficiente luz como para ponerse a leer.

En Kide de la plaza obispo Irurita, que sigue teniendo tienda abierta en la calle Tafalla, me hice con “La conquista de Albania”, de Arantxa Urretabizkaia, y con “La vidriera”, de Penelope Lively.

En Manantial, que estaba en la calle Sancho el Mayor, “Curso de Arqueología Bíblica”, supongo que demasiado influenciado por acabar de ver en el Gayarre “En busca del arca perdida”, con cuyo dinamismo o capacidad de entretener, evidentemente aquel libro no tenía desdichadamente nada que ver.

En la Médico-Técnica, que estaba en Castillo de Maya, nunca compré nada, lo siento. En primer lugar, porque no era ni soy médico, y en segundo porque mi mayor contacto vital con algo relacionado con la técnica ha sido cuando veía jugar a los finísimos estilistas Dioni y Clemente Iriarte en la medular de aquel inolvidable Osasuna “indy-gena” de mediados de los ochenta.

LIBRERIA GOMEZ

LIBRERIA GOMEZ | Una de las clásicas que ha anunciado su cierre.

El Secretariado Navarro era más una papelería que una librería, cuya decoración parecía haberse quedado suspendida en los años 50, y a la que años después sucedió la librería Nagore, donde creo recordar que Jorge vio entrar en carne mortal a la bella Ingrid RubioDe todos modos, allí adquirí “En busca del rey”, de Gore Vidal.

En la Librería Universitaria, que estuvo en la Baja Navarra y que abrió también luego otra sede en la calle Amaya, hasta acabar en Sancho el Fuerte, donde aún mantiene abiertas sus puertas, “Las cartas lúgubres”, de José Cadalso.

En Xalbador, que ahora se llama Elkar y sigue en la calle Comedias, y que luego se extendió también al Pasaje de la Luna en Ermitagaña bajo el nombre de Xalem, “Los cuentos completos” de E. A. Poe.

He dejado para el final a las dos que más me marcaron, y en cuyos escaparates acabé teniendo el inmenso honor de figurar con mis propios libros, alcanzando una ilusión que tuve desde niño y que nunca creí llegar a ver cumplida.

Me estoy refiriendo a la inolvidable El Parnasillo, que estuvo en Castillo de Maya, y que ahora está en mi cabeza y en mi corazón, junto con esas tertulias de sabiduría infinita que organizaba Javier a su alrededor –impresionantes las que mantenía con F. P. O.-, y que yo escuchaba sin hacer ruido desde el segundo piso, junto a la estantería dedicada al cine.

Compré tantos libros allí, di tanto la lata a Antonio con los dichosos catálogos de exposiciones que se celebraban siempre -¡jodida casualidad!- en lugares a cada cual más remotos, que por poner sólo un título, escribiré el de un libro que al menos para mí es de cabecera y al que vuelvo cada poco tiempo: “Bomarzo”, de Manuel Mujíca Laínez.

Y todo esto ha venido a cuento porque la semana pasada pudimos enterarnos del cierre de otra de esas librerías que nos han acompañado desde siempre: Gómez. Primero en su sede originaria de la plaza del Castillo, y luego con su extensión a ambos lados de Pío XII.

Desde que, siendo yo muy pequeño, acompañé a mi padre a comprar allí los dos tomos de “Navarra: sus tierras y sus hombres”, de Antonio Sola Alayeto, hasta antes de ayer mismo, que he continuado haciéndolo frecuentemente, no puedo enumerar la cantidad de títulos que he tenido la fortuna de encontrar entre sus siempre bien surtidas estanterías. Por citar sólo uno relativamente reciente: “Reinos desaparecidos”, de Norman Davies.

Por eso doy las gracias más sentidas a todas ellas y sobre todo a sus dueños y dueñas, que pusieron su granito de arena en la interminable lucha que supone intentar desasnar lo más posible a sus conciudadanos. Y naturalmente que existieron muchas más que las que he citado, a las que pido perdón por haber olvidado, o simplemente por no haberlas visitado nunca por estar situadas en barrios de la ciudad que yo frecuentaba menos.

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Todas son importantes en mi memoria y en mi vida: las que desaparecieron en tan trascendental combate y las que aún permanecen en pie en la casi siempre desagradecida trinchera del conocimiento y la sabiduría.

Afortunadamente otras nuevas (Nerea, Arista, Walden, Chundarata, Katakrak, Deborahlibros…) recogen el estandarte caído y se unen a la batalla. Y vale, puede que entre todos nunca lleguemos a formar parte del ejército más numeroso, de ese que prefiere la Semana de la Cazuelica a la obra completa de Jorge Luis Borges, pero nadie dijo que ser librero o lector fuera una tarea fácil.

Mientras tanto, nos seguiremos viendo en cualquiera de ellas, y ahora mismo, en la Feria de la Plaza del Castillo, aunque caigan tormentas dignas de latitudes tropicales, como cada vez que los libros salen a la calle en esta chiquita y apañada capital.

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