Hutín, Alterio y un servidor de todos ustedes (Un artículo de Mikel Zuza)

Firma: Mikel Zuza El mismo día que se anunciaba en prensa que las torres de Salesianos “sólo” podrán alcanzar trece pisos de altura, aparecía en una esquina de la...
Castillo de Hutin

Firma: Mikel Zuza

El mismo día que se anunciaba en prensa que las torres de Salesianos “sólo” podrán alcanzar trece pisos de altura, aparecía en una esquina de la plaza del Castillo otra torre, aunque ésta hace mucho que dejó de rascar los cielos.

Es lo bueno que tienen las ciudades con historia: que siempre pueden replicar las mayores agresiones (que suelen venir con el sello del “progreso”), abriendo sus entrañas para dejar ver algo de lo que una vez fueron. ¿Y qué de raro puede haber en que Pamplona vaya de torre en torre, si hasta Honorio (un emperador romano, no el tío de la txaranga, por si acaso lo aclaro) dejó escrito en su “Laude Pampilone” que nuestro perímetro amurallado contaba nada menos que con sesenta y siete torres? Como para comparar con lo que tenemos ahora…

Claro está que Honorio podía no estar muy bien informado, allá, en su Roma imperial, de la verdadera magnitud de Pamplona. Y es difícil admitir que la ciudad hubiera tenido la capacidad, en pleno año 400, de enviarle a los Tijuanem Blusum a contarle lo chiquita y apañada que es esta capital. Además, que resulta que según todos los cronistas el que gobernaba verdaderamente no era Honorio, sino el general vándalo Estilicón. Y con este sí que puede establecer una relación inequívoca –y desafortunadamente duradera- Pamplona.

Porque, aparte de que como bien sabían los del Último de la Fila, los nombres que terminan en “ón” son para morirse de risa, nuestra ciudad, al menos en cuestión de patrimonio y arqueología ha estado casi siempre en manos de vándalos.

Cuando yo estudiaba a esta tribu bárbara (me refiero ahora a los vándalos, no a los regidores pamploneses, aunque también tendrían lo suyo), creo recordar que se dividían en Asdingos y Silingos. Pero en Pamplona se le añadió una tercera tribu: los Barcingos, mucho más activos y dañinos que sus hermanos de barbaridades, pues se caracterizaron especialmente por no tener más deidad que el hormigón y por poseer un odio iconoclasta por los huesos y las piedras, sobre todo si eran antiguas, lo cual les sacaba ciertamente de quicio, pues ellos prefirieron siempre dar prioridad a los carros.

De esta forma, atrajeron al centro urbano a conductores más rápidos que aquel soldado romano del belén de los Escolapios, que todas las Navidades parecía estar a punto de derrapar en la curva junto al palacio de Herodes, aunque en el último momento conseguía dominar a sus caballos y volvía a enfilar el camino de Judea a toda pastilla. Pero si hasta metieron un Fórmula 1 por la Estafeta (que en tiempos se llamó calle de detrás del Castillo), aunque seguro que el piloto no lo sabía (y los que lo trajeron tampoco, pero eso ¿a quién pichorras le puede importar?)

Lo único seguro es que se trajeron también a Ben Hur y a Mesala para que aparcasen en pleno foro sus cuadrigas. Esto se sabe porque hay documentación en el Archivo Municipal que atestigua que Ben Hur se quedó a vivir en San Jorge, y que a Mesala le dieron el papel protagonista en la película “Carnaval de ladrones”, en la que se robaba un banco que –¡caramba!- estaba también en la plaza del Castillo.

Sí, esa misma plaza a la que los citados Barcingos practicaron una histerectomía casi total, aunque dejaron todo un lateral sin tocar, pues sospechaban los petronios del reino que justo allí debían estar los restos del castillo de Luis el Hutín, un rey muy saláo que, acostumbrado a su Francia natal, hizo en 1307 un verdadero tour (que en francés significa también torre) de Navarre, pues recorrió nuestras mugas en apenas un mes, y ya nunca más quiso volver. Qué no habría visto el muchacho…

Pero como decía antes, las ciudades con historia se resisten a desaparecer, y cuando parece que ya está todo limpio y en perfecto orden de revista para que entren los coches, bueno, los que se atreven a entrar, porque según el concejal Chimpón-Chí (otro destacadísimo Barcingo), el parking que se empeñaron en construir está todo lleno de carteles en euskera, según él más grandes que el de impermeables El Búfalo que hubo en el tejado del edificio donde está el Gure-Etxea (el Nuestra-Casa, para que Chimpón-Chí no se enfade). Y eso, al parecer, es pecado nefando, porque los conductores pueden distraerse con el Aurrera y el Stop, que seguro que es palabra sacada también del batúa, y eso sí que no…

Al menos así lo denunció en el pleno municipal el mismo día que apareció la torre, esa torre que los Barcingos se dejaron olvidada en su última incursión, que mira que es también casualidad: te preocupas por arrasar un lugar a conciencia, y en cuanto levantas un poco de asfalto, ya están esos jodidos medievales llenándolo todo de escombros otra vez. Y la “cripta arqueológica” de Lezkairu la dejamos totalmente colmatada, menudo plan.

Esto es un sinvivir. Qué un sinvivir: un sindiós es lo que es. Más vale que ahora vamos a tener cuatro torres de trece pisos para darle al Hutín ese en los morros con ellas. Y con la neverica en la terraza para ver los toros y poder pitar desde allí el día 7 al alcalde, que además ha dicho que se conserven in situ esas piedras viejas, y que puedan visitarse: ¡lo nunca visto en Pamplona! Que se entere de que los Barcingos unidos jamás serán vencidos, y que acabe cantando a pleno pulmón, como los buenos ciudadanos: “Rezando el credo que me has enseñado, miro tu cara y digo en la ventana: Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda

Confieso que, mientras tanto, procuraré yo andar por la plaza del Castillo esperando a que vuelva Héctor Alterio, que es la persona más feliz que he visto nunca sentada allí. Tenía tal sonrisa dibujada en su cara, que me dio hasta vergüenza hablarle de las torres que teníamos bajo los pies en ese momento. Probablemente el gran actor hubiera salido corriendo ante la chapa que se le avecinaba. Y se parecía tanto el pobre al emperador Honorio…

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