La figura del toro en la historia de Navarra (Un artículo de Eneko Abal)

El autor defiende que nuestra tierra es la "cuna y simiente" del toro de lidia y de la tauromaquia
Toros

Firma: Eneko Abal  |

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Actualmente debatimos si la tauromaquia debiera ser apercibida de extinción o si por el contrario debiera dejarse morir como arte para quien quiera entenderlo. Una vez más en estas fechas, en la sociedad, acostumbrados a hacer valoraciones antes de analizar la temática a examen, discutimos el tema de la tauromaquia sin haber practicado un argumentado histórico del asunto. Como diría Machado, la sociedad española desprecia lo que ignora, y este es sin duda un gran ejemplo de esa mala costumbre.

Ahora que finaliza el verano y en Navarra terminan las fiestas de los pueblos es necesario traer a la palestra una aportación histórica a este debate sobre la tauromaquia. Y es que Navarra fue cuna del origen de ese arte. Cuna, simiente y ganadería, por decirlo de forma irónica y resumida.

En el Ebro, sobre la desembocadura del río Alhama, estaba situado el altar de la diosa romana Cibeles (el ara de Cibeles). Este altar de Cibeles describe de forma muy particular el comportamiento social histórico de Navarra y, en concreto, pone sobre la mesa el ritual mistérico relacionado con toros llamado taurobolio, un evento religioso-personal de los zonales de la diosa Cibeles.

En estos zonales, y particularmente en el de Navarra, se ejercía un rito religioso en el que se participaba individualmente o se pagaba una representación profesional para dar muerte a un toro. En este acto del taurobolio, casi como en la actual tauromaquia, se sacrificaban toros a Cibeles en un lugar colectivo, aunque con la excusa de evolucionar al siguiente estadio de madurez personal.

Dicho rápidamente, era la típica prueba personal que podemos ver en multitud de narraciones para procurar la participación de cada persona en una sociedad. En este rito del taurobolio una persona saltaba a una fosa y se enfrentaba al toro (de forma más o menos artística) para sacrificarlo en consagración a la diosa y también como comida. Desnudos de cintura para arriba iban paseando jóvenes y profesionales del arte sobre un foso que se vestía y engalanaba en honor a Cibeles allá por finales de marzo.

Son precisamente estas fechas de taurobolios y de siembra de cosechas las que hoy guardan las “fiestas pequeñas” de muchos pueblos de la Ribera navarra. En ellos, entre los numerosos motes, todavía hoy heredan apodos como galos o carriciris, que son testigos históricos y patronímicos de esta ritualidad del toro.

Los gallus-galli, los galos, fueron los clérigos de la diosa Cibeles. Unos auténticos sacerdotes de entonces que, en el rito del taurobolio, en lugar de emascular al toro en el foso tras consagrar su muerte, habían decidido optar por la vida religiosa y se habían emasculado a ellos mismos. Y pudieron elegir la forma de emasculación, bien por corte del todo (para que nos entendamos) o bien por aplanado del todo (tal cual). Y  lo hacían, esto sí, cada uno de ellos a sí mismos. Aquí no había profesionales del arte.

El toro en cuestión, el animal, un ser admirado y respetado como podemos suponer, hasta su llegada al foso del taurobolio, pasaba por un recorrido geográfico que hoy podríamos describir como un encierro larguísimo por las vías romanas. En ese trayecto se les encauzaba con carros y caballos desde su lugar geográfico hasta el foso que los consagraba.

¿Y a dónde se les llevaba?

En la Ribera, concretamente en el limes entre Corella y Tudela, en los Montes del Cierzo, aparece el topónimo casetón de la plaza de toros junto al de majada de vacas. A través de estos topónimos podemos hacernos una idea del acontecimiento social que era este rito mistérico. A este acontecimiento social en la plaza precisamente se acercaban varias vías romanas vicinales desde el núcleo del aro sagrado en Araciel en Corella, desde el otro lado del Ebro en la Bardena, desde Cascante y de Fitero y Cintruénigo.

Es un recinto de unos 123.000 metros cuadrados con una más que subrayable importancia histórica y arqueológica. La plaza tiene entre sus características desde graderíos hasta horadados geológicos dispuestos estratégicamente por el ser humano.

Una plaza que está precisamente en el límite del aro sagrado de la diosa Cibeles a quien se le ofrecía este tipo de ritual y de sacrificio. El aro sagrado, el pomerium, tiene su centro en Araciel y es interesantísima esta relación plaza-altar de Cibeles en el Ebro.

En esta plaza de Cibeles y su geografía en el Ebro, se consagró un tipo de toro particular llamado “karriquiri” que referencias bibliográficas de la tauromaquia como “El Cossío” señalan como la pieza clave en el origen de la genética de los “toros de lidia” actuales. Los carri-ciri.

Ciri es “eje” en euskaro, y fue esa pieza fundamental de la rueda de los carruajes antiguos, de los carrus-carri en latín. El “carriciri” debió ser aquella pieza del centro de la rueda que la soportaba en el carro y se erosionaba por el roce del giro de la rueda. Una pieza importante del carruaje y además sometida a mucha erosión, el eje, el ciri.

Esta pieza, seguramente debido a la excepcional calidad de la madera euskara, debió ser comercializada como “carriciri” en los establecimientos de la vía romana que servían para reparar y mantener los carruajes, las mutatio, las estaciones de servicio de la antigüedad.

El toro de tipo karriquiri, de conocido origen en las faldas del Pirineo occidental y denominado “raza navarra”, vendría a ser el eje genético que necesitaron para la creación del actual “toro de lidia”.

Hemos de tener en cuenta que animales con cuernos como los antiguos uros o los bisontes europeos no eran precisamente conocidos por su bravura y energía, y un animal como el karriquiri fue ese perfecto eje genético de cornúpetos para espabilar la raza.

Así lo describe “El Cossío”. Los animales necesarios para realizar una artística faena (de lo contrario el acto se convertía en un lento paseo y sacrificio de toros manseando).

Este parece a grandes rasgos el origen del arte de la tauromaquia que decíamos necesario conocer en el debate. De aquí podemos desprender, y es obligatorio anotar, que este es uno de los muchos intercambios entre las sociedades euskara y peninsular en la Historia. La tauromaquia es el resto costumbrista del evento taurobolio, o de un arte, que ha perdurado 2.000 años.

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