Luces y sombras de la toma de Marawi (Un artículo de Cierzo Bardenero)

Firma: Cierzo Bardenero Hace unas semanas, el Ejército filipino consiguió retomar en su totalidad el control de la ciudad de Marawi, que se encontraba en manos del Estado Islámico...
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Firma: Cierzo Bardenero

Hace unas semanas, el Ejército filipino consiguió retomar en su totalidad el control de la ciudad de Marawi, que se encontraba en manos del Estado Islámico total o parcialmente desde el mes de mayo cuando centenares de militantes irrumpieron en esta capital provincial que tenía unos 200.000 habitantes y que ahora está arrasada.

Pese a que el presidente Duterte afirmó los primeros días de la ofensiva militar que la misma sería de corta duración, esta se ha prolongado por cinco meses  generando una oleada de refugiados internos, pudiendo solo llegar a su fin con la colaboración de potencias regionales y globales como Estados Unidos, Rusia, China o Australia.

Entre los escombros quedaron los cuerpos de un número indeterminado de civiles, los de cerca de mil militantes extremistas islámicos, incluyendo a los hermanos Maute que a la postre eran dirigentes de una organización vinculada al Estado Islámico que lleva su nombre, y el del emir del ISIS para el Sudeste Asiático llamado Isnilon Hapilon.

Pese a que la muerte del emir del Estado Islámico en la zona y la cúpula de una organización afín podría dar a entender que la operación antiterrorista se ha saldado con éxito, sin embargo hay algunos aspectos que debería generar inquietud, no solo el gobierno filipino sino también en los de la región y en la comunidad internacional.

La primera de ellas es que la concentración de efectivos militares en torno a Marawi ha facilitado los ataques por parte del Estado Islámico y otras organizaciones yihadistas como el BIFF a patrullas militares en las provincias sureñas de población mayoritariamente musulmana.

Para paliar esa falta de efectivos, el Frente Moro de Liberación Islámica, en tregua con el gobierno desde hace años a fin de negociar el fin de su actividad insurgente a cambio de reconocer una región autónoma que abarque todo territorio de mayoría musulmana, empezó a colaborar en patrullas para acabar con la actividad radical en el sur del pais.

 El gesto no era desinteresado ya que el proceso de paz es extremadamente lento y el Frente Moro de Liberación Islámica se está desangrando con la marcha de militantes de forma individual o en grupo hacia opciones más extremistas en la órbita del BIFF o el Estado Islámico, por lo que las patrullas le podrían dar la oportunidad de sofocar a la disidencia extremista.

Sin embargo, la colaboración del MILF con el ejército ha agrandado la sangría con la marcha de comandantes con sus hombres a organizaciones más extremistas y la coordinación de las diferentes facciones existentes del BIFF y el Estado Islámico y sus organizaciones más o menos próximas, para enfrentarse al hasta ahora hegemónico Frente Moro de Liberación Islámica.

El resultado es que mientras el ejército reducía a escombros una ciudad, este y su aliado ocasional, el MILF, sufrían numerosas emboscadas y ataques de  consideración por parte de unos yihadistas que hasta el ataque a Marawi eran presa del personalismo y la atomización y que ahora presentan un bloque más o menos coordinado con los riesgos que esto implica de cara futuro.

Por otro lado, la muerte de Hapilon y los hermanos Maute en si no puede considerarse como la aniquilación de la cúpula del yihadismo en el sur de Filipinas, debido a que la integración de las organizaciones que dirigían previamente en el Estado Islámico les puede evitar la lucha por el poder de los mandos intermedios ya que esa competencia le corresponde a la cúpula del Estado Islámico.

Y si bien la actuación de los ejércitos de Oriente Medio, milicias afines y la coalición internacional han diezmado la cúpula del Estado Islámico, su más que previsible metamorfosis permitirá reconstruir su dirección y esta a su vez nombrar y ratificar emires regionales, mientras la organización en Filipinas mantiene su actividad en un nivel bajo para recuperarse de las pérdidas ocasionadas en la toma de Marawi.

Otra consecuencia de la ocupación de Marawi por parte del Estado Islámico es la llegada de al menos un centenar de militantes de otros países a Filipinas a fin de romper el cerco a la ciudad por parte del ejército y unirse al contingente yihadista filipino e internacional que había tomado la ciudad.

 Estos militantes se concentraban en campos de entrenamiento en Indonesia y Malasia, donde el Estado Islámico tiene cada vez más presencia, y fueron llegando en diferentes grupos a través de los archipiélagos de Palawan y Tawi-Tawi, demostrando la falta de poder efectivo de los países del Sudeste Asiático para controlar unas fronteras difícilmente delimitables.

 Esta movilidad transfronteriza de los militantes extremistas es un problema regional que debería ser abordado de forma conjunta por los gobiernos de los países que componen la región del Sudeste Asiático, reforzando el control de las aguas territoriales y evitando así el flujo de yihadistas desde los campos de entrenamientos hacia las zonas en combate.

 Además, este problema hay que abordarlo pronto ya que pese a que la toma de Marawi por parte de yihadistas ha sido abortada por el Ejército filipino, el nivel de coordinación entre organizaciones extremistas filipinas y de estas con otros grupos de la región hacen suponer que tarde o temprano estos se harán con un bastión en Bangsamoro desde donde desestabilizar con sus ataques a los países de sudeste asiático.

 Informes de fuentes próximas al Ejército filipino afirman que la mayor parte de ese centenar de militantes extranjeros no consiguieron romper el cerco de Marawi, por lo que podríamos encontrarnos con decenas de jóvenes fanatizados no fichados por las fuerzas de seguridad filipinas que habrían llegado al país con la intención de morir en la jihad.

 Por tanto, cabe esperar un recrudecimiento de los enfrentamientos entre grupos extremistas islámicos y fuerzas armadas filipinas secundadas por el Frente Moro de Liberación Islámica o bien una cadena de atentados a lo largo del territorio nacional filipino aprovechando las concentraciones de gente conforme se acerquen las fiestas navideñas.

Como conclusión cabe afirmar que la toma de Marawi deja más luces que sombras con un crecimiento de la actividad jihadista, una mayor coordinación entre grupos que permiten la configuración de un bloque que puede disputar el liderazgo de la lucha de liberación al MILF y una afluencia de militantes extranjeros continua que previsiblemente se incremente tras la desaparición del Califato en Oriente Medio.

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