Mitología griega (Un artículo de Mikel Zuza)

Firma: Mikel Zuza Felices aquellos que, al levantar la vista cada día, tienen la inmensa fortuna de poder contemplar allá arriba, sobre la roca sagrada, los edificios de deslumbrante...
RELIEVE DE ATENEA PENSATIVA
HACIA 460 A.C.
MUSEO DE LA ACRÓPOLIS DE ATENAS
RELIEVE DE ATENEA PENSATIVA HACIA 460 A.C. MUSEO DE LA ACRÓPOLIS DE ATENAS

Firma: Mikel Zuza

Felices aquellos que, al levantar la vista cada día, tienen la inmensa fortuna de poder contemplar allá arriba, sobre la roca sagrada, los edificios de deslumbrante mármol blanco de la Acrópolis de Atenas.

Acostumbrados por estas latitudes a no recibir desde Grecia más que noticias cada vez más fatídicas, compadecidos incluso –como si desde aquí tuviéramos mucho que enseñarles al respecto- por la desdicha que supone para los griegos contemporáneos haberse visto obligados a cambiar las pruebas a las que les sometían los caprichosos dioses de la antigüedad por las implacables asechanzas del FMI, del Banco Mundial o de esa Troika comunitaria, sucesora sin duda alguna de las tres cabezas venenosas de la Hydra de Lerna, haber podido pasar un par de semanas entre ellos sólo puede considerarse como un regalo que atesorar en la memoria.

Un regalo consistente en estar rodeado por muchos de esos tesoros artísticos que durante años sólo habíamos podido ver en los libros, pero que a pesar de ello nos habían acompañado siempre. Tanto, que ya formaban parte de nosotros mismos: las incontables cerámicas de figuras negras o rojas, los kourós, las kourai, la máscara de Agamenón, el auriga de Delfos, el Poseidón de Artemision, los propileos de Mnesikles, preámbulo monumental del cegadoramente asombroso Partenón. Pero también la colina del Areópago, la de las Musas y el Ágora, la explanada donde, tan sólo a mediados del siglo V antes de Cristo, llegaron a cruzarse en algún  momento Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Herodoto, Tucídides, Fidias, Ictinos, Calícrates, Metón, Aspasia, Perikles, Anaxágoras, Protágoras, Gorgias, Hipias, Antifonte o Sócrates. Se dice pronto…

Y, por supuesto, el olivo bajo el que nos besamos, aquél que fue plantado con sus propias manos por Atenea, la diosa de ojos de lechuza, alrededor del cual fue brotando el maravilloso y bellísimo templo del Erecteion, con su pórtico de cinco cariátides que lloran todavía el secuestro de su sexta hermana por el infame lord Elgin. Porque ya sabemos que el único lord que amó verdaderamente a Grecia fue Byron

Sí, naturalmente que poder estar allí es un regalo de los dioses, aunque resonase previamente en nuestras cabezas la malévola advertencia de Virgilio: “Timeo danaos et dona ferentes” (Teme a los griegos, aunque traigan obsequios). Pero es que además Atenas nos legó hace nada menos que 2.500 años otro grandísimo regalo, y recordarlo se hace más necesario que nunca para sobrellevar estos tiempos de zozobra: la democracia.

Como nos explica el helenista Pedro Olalla en su imprescindible libro Grecia en el aire (editorial Acantilado, 2015), cuya lectura os recomiendo vivamente, porque os confieso además que lo empleamos como auténtica guía de viaje, y de cuyas tesis centrales voy a permitirme haceros un resumen “el sistema democrático fue creado para que los ricos no pudieran abusar de los pobres, en base a desvincular el poder de la riqueza, vinculando a su vez la soberanía al individuo, corrigiendo la desigualdad económica para avanzar hacia la igualdad política, intentando sobre todo que la libertad dejara de estar supeditada a la posesión de recursos. Comenzó ahí un empeño llamado a convertirse en un reto eterno: la búsqueda de la justicia social, el propósito de combatir con argumentos éticos la desigualdad que generan los bajos instintos, la fuerza bruta, o incluso la fortuna o la naturaleza”.

Lo que el profesor Olalla -que vive en Grecia, y que conoce por tanto de primera mano, no sólo su historia más remota, sino el sufrimiento actual de cientos de miles de griegos obligados a enfrentarse cotidianamente a los cada vez más salvajes recortes sociales y económicos- establece en su obra, es que “aquellos atenienses de la antigüedad, reunidos por primera vez en las rocas de Pnyx, frente a la Acrópolis, buscaban implicar a todos en las decisiones creando un Estado que defendiese el interés común y los derechos individuales frente a los intereses particulares y la arbitrariedad de las familias poderosas y de sus instrumentos de dominio. Estaban inventando por tanto algo completamente nuevo: la ciudadanía. En Atenas, cada ciudadano tuvo un voto, la posibilidad de argumentar en un discurso público y la responsabilidad en la utilización de su propia palabra.

 La democracia surgió por tanto del alma de los griegos, que habían comprendido que la vida de cada ser humano es única y más valiosa que cualquier tesoro o cualquier ambición. Y el logro fue enorme: nunca la opinión de un hombre común tuvo tanto peso como lo tuvo la de quienes entonces se reunían en esa colina. Aquella experiencia –con todos los defectos que puedan señalársele- confirió a la sociedad del momento unos sentimientos de libertad, justicia, igualdad, responsabilidad e implicación en la definición y en la defensa del interés común desconocidos hasta entonces y, desgraciadamente, en las épocas que vinieron después. Y subrayarlo se hace inaplazable, sobre todo ahora que en nuestras deficientes democracias las decisiones reales se toman cada vez más y más lejos de la ciudadanía.

 Y es que si hay un punto que puede expresar gráficamente la divergencia entre la antigua democracia ateniense y la actual, es la percepción de la oposición entre Ellos y Nosotros. El ciudadano antiguo nunca la entendería. Aún si se sintiera defraudado por la política de la ciudad, se sentiría parte de ella. Sólo habría un Nosotros. Hoy, sin embargo, los ciudadanos nos vemos enfrentados a Ellos. A la política de Ellos. Y es que a la vista de lo que está pasando, se podría afirmar sin ambages que la democracia actual utiliza el sistema de voto y el prestigioso nombre de la antigua para legitimar los intereses de una oligarquía encubierta. Y frente a esta tremenda impostura, la falta de participación ciudadana, el cultivo silencioso de la desafección política, las intrincadas estructuras de representación, la mecánica de los partidos, los intereses  que se defienden, el poder de los grupos de presión, las flagrantes desigualdades de hecho y, sobre todo, la creciente brecha entre Ellos y Nosotros, bastan para afirmar que nuestras democracias modernas no son, como se dice, una versión realista y adaptada a las necesidades del presente de la antigua democracia ateniense. No. Son algo bien distinto: son su negación.

Poniendo la vista en el faro que supone tan honroso pasado, personalmente no me cabe la menor duda de que los griegos saldrán de esta, y que acabarán arribando felices a la soleada Ítaca sin tener que pasar previamente por las siempre grises Berlín, Bruselas o Estrasburgo, aunque para ello deban interpretar con más tino los complicadísimos augurios del oráculo de Delfos. Mientras tanto, y si tenéis la oportunidad, no dejéis de visitar Grecia. Os daréis cuenta entonces de que las historias de cada lugar son solamente locales, pero la de ellos es –indudablemente- Historia Universal.

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