Si no te inflan a hostias es jolgorio (Un artículo de Idoia Saralegui)

Firma: Idoia Saralegui Desde ayer en Pamplona no se habla de nada que no sea la sentencia del juicio a los 5 monstruos de la Manada por la violación...
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Firma: Idoia Saralegui

Desde ayer en Pamplona no se habla de nada que no sea la sentencia del juicio a los 5 monstruos de la Manada por la violación a una cría de 18 años durante los sanfermines de 2016.

La injusta sentencia ha sido como esa manta que lo puede tapar todo.

El no master de Cifuentes.

Su dimisión como Presidenta de la Comunidad de Madrid después del chusco robo de las cremas de 20 € en un Eroski. A mí me ha recordado lo que decía un amigo mío de que, en algunos partidos los de fuera son los adversarios y los de dentro, los enemigos. Cuestión, por otra parte, que no quita que ella se fue a un hiper y se metió en el bolso dos cremas antiedad. Cuánto glamour y mensajes de ética y regeneración se fueron al traste por culpa de ese vídeo de Cifuentes contando monedillas delante del guardia de seguridad que la había pillado in fraganti.

La aberrante sentencia de la Manada ha tapado también de repente el asunto de Cataluña. Esta semana estamos todos bastante despistaos sobre cuántas rosas amarillas se vieron en Sant Jordi o cual es la situación de todas esas personas que continuan injustamente en la cárcel o hasta donde va a dar de sí el 155.

La vergonzosa sentencia ha tapado también esa ridiculez de criticarlo todo. Incluso el libro que Alfred le ha regalado a Amaia el 23 de abril solo porque se titulaba “España de mierda”. Que, oye, estoy envidiosa perdida porque, con la tontería, Albert Pla, cantautor y autor maldito descubierto ahora por obra de OT por los puntillosos del twitter, ha hecho un campañón de marketing que si alguien le dice que le iba a venir de este tipo de formato televisivo creo que hubiera alucinado .

Y ha tapado incluso algo tan increíble e injusto como el juicio a los chavales de Alsasua. Sobre todo, el vídeo que se ha admitido como prueba esta semana y que es más que esclarecedor. Personalmente creo que nadie a quien se le acaba de golpear “brutalmente” puede llevar una camisa tan sumamente blanca que, oye, eso también me ha dado envidia porque nunca en la vida me ha quedado una camisa con esa prestancia después del primer lavado. Voy a tener que preguntar cómo la cuida.

Y muchas otras cosas de esta primavera un poco alucinógena.

Porque la sentencia a los 5 abominables hombres que el 6 de julio de 2016 llegaron a Pamplona, en San Fermín y violaron de manera colectiva a una niña de 18 años, con total impunidad y en un portal ha marcado un antes y un después en nuestra forma de entender qué es justo y qué es injusto.

Yo ayer veía a mi madre en la concentración de la plaza del Ayuntamiento gritando “Esta justicia es una mierda” y me sentía absolutamente orgullosa de ella y de los miles y miles y miles de hombres y mujeres que han salido a reivindicar que estamos tristes, rabiosos, enfadados con la decisión que han tomado unos jueces. Porque la sociedad estamos empezando a comprender que tenemos todo el derecho del mundo e, incluso, la obligación, de vigilar a los miembros del poder judicial. Porque ellos también son personas, no seres infalibles. Y también se equivocan. De manera tan palmaria como en esta ocasión.

Porque las calles de pueblos y ciudades se han llenado de indignación y han recordado que “No es un abuso, es violación”. Porque cuando una mujer dice no, es que no. Y cuando no consiente, también es no. Y cuando a una cría la agarran entre 5 animales y la fuerzan a tener sexo con todos a la vez lo lógico es que se sienta aterrada. Sobrecogida por la situación, sin fuerzas ni para respirar. La intimidación también es violencia; y la superioridad, física y numérica es intimidación.

Y un abuso con violencia es, ni más ni menos que una violanción. Aunque uno de los jueces a esa situación la catalogue como sexo “en un ambiente de jolgorio y regocijo”. Que yo siempre me he considerado muy respetuosa con la orientación del deseo de todo el mundo pero, en este caso me ha dado qué pensar la forma de entender el placer y el sexo que debe tener este juez.

Mi madre me habló hace unos años de María Goretti. La hicieron santa por ser asesinada al tratar de resistirse a una violación. Lo mismo que le ocurrió a Nagore Laffage en 2008 en Pamplona. Solo que en 1902 al asesino de María le condenaron a 30 años y cumplió 25 mientras que el asesino de Nagore solamente ha cumplido 9 y ya está en la calle y ejerciendo de nuevo su profesión de psiquiatra.

Y, ahora ¿qué les podemos explicar a nuestras hijas? Haciendo caso solo a los hechos y a lo argumentado en la sentencia está claro: que si no te inflan a hostias no es una violación, es solamente jolgorio y regocijo. Y que, en cambio, si te defiendes te arriesgas a que, además de violarte te asesinen pero, oye, lo mismo te santifican.

No. No pienso decirles eso. Porque las quiero vivas, libres. Mujeres sin miedo. Mujeres que saben que la manada es, en realidad todos esos hombres y mujeres que desde que escuchamos la sentencia hemos salido a tomar las calles y a hacernos escuchar. A pedir un mundo más justo y unos jueces con una mirada más clara y más limpia.

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