Cosas ciertas, aunque increíbles, sobre los supositorios

¿Los recuerdas? ¿Por qué se guardaban en la nevera? ¿Sabes qué le ocurrió a Camilo José Cela la primera vez que se puso uno?
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El titular de prensa que acompaña a este artículo ha sido viral en los últimos días y nos ha permitido descubrir algunas de las cosas más curiosas que pasan en una farmacia, especialmente en horarios nocturnos. Y también investigar sobre el supositorio, ese gran desconocido para unas generaciones (las últimas) que prácticamente no lo han sufrido. Otros, los nacidos antes del 85 (por poner un límite) sabemos bien de aquellas balas, que se guardaban en la nevera, y que servían para todo, aprovechando que el ano es una de las zonas más mucosas y vascularizadas. Así, allá por la década de los 70, había médicos que curaban por vía rectal… hasta los catarros.

Su efecto era tan rápido que, como algunos recuerdan, los supositorios de efectos balsámicos se sentían pronto en la boca y la nariz: poco después de introducirse el supositorio en la cavidad anal, el paciente empezaba a notar el olor y el sabor a eucalipto.

Poco hay que añadir a ese “se comió un supositorio porque ponía vía rectal, y la vía más recta era la boca”. Fue una anécdota contada por la blogger Boticaria García en las IV Jornadas eSalud celebradas en Oviedo entre el jueves y el viernes de esta semana. Lo sorprendente es saber que aquel cliente inconsciente no es, en absoluto, el único protagonista de curiosas historias con los supositorios.

Cicero Ramalho, el futbolista que se comió un supositorio
Nadie se libra de que le pase algo como lo relatado por la Boticaria García. Ni siquiera un futbolista. El delantero brasileño del Real Murcia Cicero Ramalho fue noticia nacional en mayo de 1989, por algo que después él intento negar, seguramente harto de comentarios jocosos en las gradas. Al parecer, sufrió una gastroenteritis que le mantuvo de baja tres días, y la culpa fue de haberse comido un supositorio. Se lo habían recetado como remedio para una infección dental y, según cuentan, Ramalho jamás había visto un supositorio.

Aquel error le afectó mucho en su autoestima, tras convertirse la anécdota en noticia tanto en España como en Brasil. Intentó desmentir lo ocurrido: “Quiero aclarar que el doctor me envió un antibiótico para calmar mis dolencias dentales y éste me produjo los problemas en el intestino; nunca fue el supositorio, como se ha comentado”, aseguró en una entrevista al periódico La Verdad de Murcia. Pero, pese a los desmentidos, pasó a la historia.

Camilo José Cela y el supositorio sin pelar
Todo un Nobel y Académico de la Lengua, Camilo José Cela, podría haberle dado a Ramalho algunas excusas más creíbles. Pero es que a Cela le importaba bien poco contar sus intimidades. Y no se cortaba en recordar lo que le había pasado a aquel ano que, como el propio Cela aseguró, era capaz de aspirar el agua de una palangana.

Volviendo al supositorio, relataba Cela que, allá por los años 50, le recetaron supositorios para “un fiebrón” que había contraído. Una admistración que jamás había probado el escritor, y que en la primera noche de aplicación del medicamento se puso antes de dormir, ya a oscuras en la intimidad de su dormitorio. Cuando, al día siguiente, su entonces mujer le recordó que le tocaba otro, Cela replicó:

— No, hermosa, ese otro supositorio se lo va a poner tu madre. ¡Con lo que rasca!
— ¿Cómo que rasca?
— ¡Pues claro que rasca! ¡Rasca un horror! ¿Te enteras? ¡Un horror!

La abnegada esposa desenvolvió el supositorio y se lo pasó a Don Camilo, cuya cara cambió al ver aquel gesto. Fue entonces cuando, además de pedir perdón por el exabrupto, reconoció que la noche anterior se había administrado el supositorio… sin pelarlo. Vaya, con su envoltorio puesto. Normal que le hubiese rascado.

El supositorio-bala
La propia Boticaria García, nuestra excusa para hablar hoy de la retambufa de Don Camilo, cuenta otra anécdota relacionada con los supositorios, y es la de lo que ella llama el supositorio-bala. No, no debemos pensar en proyectiles saliendo a toda velocidad de ciertas oquedades, la cosa es distinta.

Resulta que hay clientes a quienes tienes que explicarles cómo se colocan los supositorios. Cómo, y dónde. Porque, sin explicaciones, algunos optan por la vía tópica en vez de la rectal. Es decir: por colocárselos, como si fueran cataplasmas, sobre el foco del dolor. Es el caso de un paciente, que se puso todos los supositorios de un envase sobre su zona renal, para curar un dolor de riñón. Así, en plan cartuchera. Lo mejor es imaginar el rostro de la farmacéutica cuando el paciente le iba diciendo: “Me puse uno, y nada; me puse otro más, y nada. Y así hasta que acabé poniéndome todos”. Lógicamente, quien escuchaba al pistolero de los supositorios desde el otro lado del mostrador se estaba imaginando una correcta (aunque masiva) administración del medicamento…

No se metían por la punta
Tenían forma de bala, y daba la sensación de que el supositorio entraría mejor con la punta hacia adentro. Pero… no. Lo cierto es que el supositorio estaba diseñado para ser introducido por la parte plana, y la punta permitiría la “reacomodación” de las paredes del ano, empujando el supositorio hacia el interior.

De hecho, introduciéndolo por la punta había más posibilidades de que el paciente acabase expulsándolo poco tiempo después de metérsel, por los míticos retorcijones. La cosa de metérselo mal estaba tan extendida que incluso la prestigiosa revista The Lancet hizo, en el año 1991, un artículo sobre el tema, recordando que el medicamento era mucho más eficaz cuando se introducía en el cuerpo por el lado plano.

¿Por qué se guardaban en la nevera?
El motivo de que necesitasen guardarse en frío estaba en su cobertura, que era de… manteca de cacao. Sí: llevaban la vaselina, o algo parecido, ya incorporada. Esto facilitaba el periplo del supositorio por el interior del intestino, pero aquella manteca se deshacía con facilidad si no se guardaban en frío, o si se manipulaban demasiado con las manos, calentándolos.

¿Por qué (casi) desaparecieron?
Son muy pocas ya las referencias farmacéuticas al supositorio. En los años 90, muchos de los laboratorios pasaron los principios activos de aquellos supositorios a jarabes y suspensiones en polvo. Los motivos eran variados: la incomodidad, la mala imagen adquirida con el tiempo, cierta leyenda negra… Además, algunos estudios descubrieron que los supositorios, y las sustancias empleadas (como eucalipto, tomillo o alcanfor), podían provocar convulsiones en menos de dos años y medio.

Hoy, los supositorios solamente se usan en personas mayores y niños con problemas para tragar. En el Vademecum, el “libro de los médicos” que les sirve para recetar medicamentos, apenas queda una referencia a los mismos. Nos perderemos anécdotas muy divertidas, pero… nos libraremos de malos tragos.

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