El problema generacional (Un artículo de Eneko Abal)

"Hemos llegado a la estandarización de la autocomplacencia, o lo que es lo mismo, seguir el rollo hasta que esto reviente"
Foto del Kronos de Rubens, la personificación del Tiempo junto con Aion y Kairos.
Foto del Kronos de Rubens, la personificación del Tiempo junto con Aion y Kairos.

Firma: Eneko Abal

“El sudor y las lágrimas que provocaron la conquista de estos derechos” y “los jóvenes siguen pasivos sin hacer nada” son dos de las afirmaciones más transversales en el análisis sociopolítico actual. Y también las de más amplio recorrido para una reflexión. Con ellas se trata de llamar la atención de la joven generación en un texto o en un comentario, aunque parece una práctica contraproducente si pensamos de forma racional qué significan esas afirmaciones y qué es lo que traen al frente.

No es de recibo hablar de una conquista de derechos que no fue tal, o al menos no a día de hoy. A lo largo de estos últimos diez, cinco años hemos visto caer casi la totalidad de las caretas de las personas e instituciones que lideraban nuestra humanidad con esa forma paternalista de dar facilidades para vivir en un engaño. Que no derechos para vivir en una sociedad. Un engaño histórico éste del engaño económico, éste del engaño de la clase media, o éste del engaño climático. Un engaño generacional.

Se conquistaron derechos en base a instituciones y circunstancias que hoy se demuestran una gran mentira envuelta en hermosa esperanza y disfrazada de progreso. Todo guarecido en un recipiente democrático al que está demostrado que se le pueden hacer muescas y agujeros a conveniencia, sin importar demasiado en qué medida son apoyados o no por la mayoría. Tanto fue así que durante veinte, treinta años desde los 60, toda una generación de personas creyó seguir pudiendo diseñar el futuro humano sin contemplar a la generación que viene, tal como se dolieron en su día de los fascismos.

En ese diseño se impusieron reconversiones ayer e infraestructuras inservibles hoy, inutilizables para la inmensa mayoría de la población, como el tren de caro, el TAV, porque el barato ya estaba y se dejó envejecer. El ejemplo perfecto. Vender a toda una generación de la zona de Tudela (por ejemplo) que se les va a abrir un ciento de posibilidades con el puerto ferroviario de un tren que no van a utilizar. Un puerto al que irán a trabajar para alimentar un tren de vida, una clase social y un empresariado del que luego sufren y sufrirán sus consecuencias.

Es la serpiente que se muerde la cola perpetuándose en pleno siglo XXI de la misma manera que si estuviera en los años 70 y 80 de la entradilla a Europa. Cero análisis crítico. Cero propuestas de enmienda y mejora. Al revés. Se habla de derechos conquistados en unas circunstancias que se demuestran agresivas para la inmensa mayoría. Y suena contradictorio.

La conquista se demuestra que no fue tal a día de hoy, más bien fue una especie de préstamo, una colonización temporal de algún tipo de facilidad para vivir en aquella sociedad que se planteaba. ¡Pardiez, todas las familias reproduciéndose y formando un babyboom y aún a día de hoy no hay un pacto generacional para la incorporación de “los jóvenes” a la sociedad! Tan solo se pactó una flamante reconversión en los 80, en los 2000 poner primero la deuda antes que la necesidad social, y ahora dicen abrir el mercado laboral obligatorio hasta los 70 años. Todo un ejercicio de patriarcalismo de la misma generación que creció harta de él y su imposición. Es casi irónico.

No es de recibo mirar a “los jóvenes” como esa última esperanza negra del clonacepán y circo, eso desprende cierta adicción al engaño y a la dinámica conformista del engaño. Debiéramos situarnos por fin en la tesitura social de elegir como humanidad que somos y que convive bajo unas instituciones y unas reglas, elegir entre poner la historia sobre la mesa o seguir en esta prostitución de sociedad.

Hasta hoy se ha convivido vendiendo o callando la reflexión y la crítica por un puñado de derechos (hay notables pruebas de ello) así que, ¿hasta qué punto esto es una democracia? ¿Existe la libertad de pensamiento? Conseguir derechos nunca fue producto del conformismo, más bien al contrario, es el resultado de la acción valiente y decidida consecuencia de una crítica humana concreta.

Desde la abolición de la esclavitud hasta el propio despotismo ilustrado pasaron por una acción crítica. Hoy se llama a “los jóvenes” a traer esa acción, a “los jóvenes” que abren un libro escolar con el subconsciente diciéndole que eso que lea y aprenda tal vez sea una auténtica patraña. Hasta ahí hemos llegado. Una generación que no confía en la palabra ni el hecho de la anterior por demostrarse trasnochada, vieja, rancia. ¡Y para colmo no se ve nevar como antes! Eso sí, se negaba el cambio de clima hasta casi hoy mismo.

Carajo, ¡se negaba el peak oil hasta hace pocos meses! Casi el 100 % de quienes se quedarán en el planeta (cuando el colapso empieza) tiene en el subconsciente que esto va a ocurrir y aún así se sigue reclamando la acción de “los jóvenes” como si fuera un flotador al que aferrarse por pura adicción a lo que precisamente ha traído hasta aquí: conformismo. A flote. Es mejor tomarlo de forma irónica.

No es de recibo achacar una etiqueta de pasividad a “los jóvenes” cuando desde el mismo día en que se les recibió en el mundo de la sociedad, en la convivencia fuera de la casa, con el compromiso de ser ciudadanos de una sociedad civilizada, ven la responsabilidad de una radio o una tele contradiciendo lo que el libro de la escuela decía que era la responsabilidad. Y luego hay que leer más, claro. Y que por qué no se leen libros – añadiría que los de antes – y se está todo el día con un móvil.

Es irónico también: puede que sea porque es el medio natural generacional, inaccesible para la mayoría de esa generación que aún traslada maneras y pseudovalores en la calle e instituciones. Dicho de forma radical, pareciera que hay una generación esperando a algo en la otra, algo muy serio de imaginar, lo más serio de la humanidad. No tiene ninguna gracia ¿verdad? La humanidad ha llegado a este punto y sin embargo se perpetúa esa etiqueta de pasividad acoplándosela a una generación que vive y vivirá deudas de otra anterior pero que sigue sometida a normas caducas y objetivamente nefastas para el futuro decreciente.

Y no solo económicas, aún hay quien para acercarse por fin el colapso del petróleo defiende que seguirá utilizando la vieja movilidad automovilística con el comodín del descubrimiento del plástico sin petróleo. ¡Eso sí que trae de nuevo a la dama ironía! Seguir en la dinámica industrial es un error magno cuando hemos entrado en una era geológica nueva, el antropoceno, la era que empieza en 1950 porque somos los causantes de más de un tercio de los terremotos y temblores de la tierra. De ahí el nombre antropoceno, la era de la geología del hombre. ¡Hasta se ha conseguido mover el eje de rotación de la Tierra, amigos!

La vieja generación, vestida del mismo paternalismo que criticó en su juventud, tildaba de locura y hasta despedía de sus trabajos a quienes estudiaron y describieron lo que hoy es son realidades científicas y demostrables. Ahora el propósito de enmienda va acompañado por equipos de lavado de cara y de introducción en el mundo nuevo que se crea. A esa táctica le pusieron un nombre de tipo de estrategia en el marketing que no es digna de ser perpetuada. Siempre se utilizaron etiquetas para simplificar y desprender el valor auténtico de la naturaleza de una definición, de un concepto: irresponsabilidad. Geológica, climática, social y política también. Con salsa de obviedad y un ápice de autocomplacencia. Adicción tal vez. Las famosas necesidades creadas y las obsolescencias programadas.

No es de recibo pedir a “los jóvenes” de hoy lo que en su día, con otros miedos pero con incomparables mejores esperanzas, no se hizo, del verbo hacer. Es necesario llegar a ese punto de la reflexión cuanto antes. Y es imperativo empezar la autocrítica por ambas partes, por quien hizo sin querer queriendo y por quien sufrirá las consecuencias con o sin desearlo, con o sin esa excepcional preparación.

Por el lado viejo no se observa hasta hoy (que comienza a llegar la generación nueva) un rastro de solidaridad humana para con quien tendrá que quedarse con el desaguisado. No hay cambios. Todas las generaciones siguientes empezarán a vivir sobre el planeta de una forma completamente diferente a la que hoy atisbamos porque es la primera vez que se hará sobre un espacio peor de lo que fue en todos los siglos anteriores.  Es triste.

La primera generación que recibe un planeta peor del que recibió de su ascendencia. Es lamentable. Volver a fijar los ojos en la naturaleza mientras se soporta todo un problema generacional heredado traerá consecuencias que a priori son impredecibles pero de las que sí hay una que a ciencia cierta se cumplirá: volver al cosmomorfismo para dejar el antropomorfismo. Volver a pensar en el todo en lugar de seguir pensando solo en el ser humano.

Es metafórico, las generaciones que se quedan recibieron por 30, 40 o 50 millones un piso que en su día había costado a penas 5 – eso si no llegó a los 90 –. Está claro que quien se queda no lo hace en las mismas condiciones que en toda la historia anterior de la humanidad, por la deuda y el clima, claro, aunque sin embargo sí que lo hace con la conciencia más desarrollada.

Lo denominan “la generación más preparada de la historia” y piropean así a la generación de “los jóvenes” “pasivos” para darles un alo de apariencia de desarrollo. Que no evolución. La evolución es otra cosa, nace de la adaptación al medio por la transformación de éste, si no, el ser humano estaría en una permanente estabilidad, y somos el elemento que provoca la inestabilidad en la naturaleza Demostrado.

Objetivamente no parece que haya que pedir a “los jóvenes” más reivindicaciones a la manera de esos grandes paseos y manifestaciones del siglo XIX y XX. Hasta esa petición está llena de conformismo y autocomplacencia. Quien ha de señalar la iniciativa – que no es lo mismo que ser la vanguardia – e incluso guiar al viejo estilo gregario de los siglos pasados, ser precisamente la generación que admite el cambio del futuro y lo promueve, no una joven imponiéndolo a sus mayores.

Eso solo volvería a traer otra Revolución Francesa de turno y se asociaría al famoso conflicto de autoridad de “los jóvenes”. Y responde en gran parte la pregunta de por qué esa falta de acción joven: es la posición natural de la generación más preparada tras tanto estudio de historias, descubrimientos y políticas.

Es de recibo pedir a quien se queda en este planeta que empiece por evolucionar, que empecemos, con todo el sentido etimológico de la palabra. Llevamos cinco, diez años en los que no se ha evolucionado en nada como humanidad mientras el medio en que nos movemos se hace cada vez más agresivo (planetario o sociopolítico). Se ha llegado a una estandarización de la autocomplacencia y de seguir el rollo hasta que esto reviente que no es nada proporcional al momento histórico que protagonizamos.

A más decadencia climática, política y económica se reacciona con menos memoria y menos reflexión, como en una mala resaca. Irónica, voluntaria o involuntariamente parece que se aproveche lo último que queda, los últimos recursos antes del colapso. Mucho individualismo que desprende cierto egoísmo por ambas partes pero sobre todo autoengaño. Es una circunstancia extraordinaria que no tiene parangón – valga la redundancia – y sus protagonistas viven bajo el péndulo del pasado sin ver que el del futuro ha comenzado a hacer tictac.

La situación es más grave de lo que parece pero por fin ha llegado al diálogo público y es algo de lo que conversamos. Aquí es de recibo decir que este no es un artículo personal ni malintencionado hacia particulares. Es un artículo a vuela pluma con la mejor de las intenciones, la crítica, esa joven percibida en muchos casos como la peor de las voluntades por su aparente descaro, claro. A nadie le agrada que hurguen en una herida encostrada aunque entenderán que es importante expender una serie de recibos. Estamos en la tesitura de querer trasladarlos o no en el tiempo. Recibí y conforme.

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