Prohibido prohibir (Un artículo de Mikel Zuza)

"Me acuerdo con envidia de cuando en 1487 la ciudad de Tudela hizo publicar que cualquier mensajero u oficial de la Inquisición que entrase en su término sería arrojado al Ebro"
Quema de libros por parte de las hordas franquistas en los primeros días tras el Golpe de Estado del 36.
Quema de libros por parte de las hordas franquistas en los primeros días tras el Golpe de Estado del 36.

Firma: Mikel Zuza

No resulta extraño, al hilo de la semana verdaderamente negra que para la libertad de expresión –uno de los derechos fundamentales recogidos en la Constitución de 1978- ha supuesto el secuestro del libro “Fariña” de Nacho Carretero, la condena al rapero Valtonyc o la retirada de la obra de Santiago Sierra “Presos políticos en la España contemporánea” de la feria ARCO, que semejantes ataques coincidan con la cíclica campaña de recentralización política a la que se han lanzado muchos partidos y medios de comunicación  mesetarios, que parecen identificar siempre la periferia de Madrid con el Eje del Mal.

Y digo que no sorprende, porque ambos conceptos han ido siempre de la mano a la hora de reprimir a cualquiera que molestase al poder, alcanzando su cota más extrema con la instauración por parte de los reyes católicos del Tribunal de la Inquisición, una institución, que al contrario de lo que se piensa y de lo que ahora algunos autores revisionistas parece que pretenden hacernos creer, no se ocupó exclusivamente de asuntos religiosos, sino que al estar vinculada y depender efectivamente del Estado, fue utilizada por éste como fuerza de choque para perseguir sobre todo a las minorías.

Persecuciones que, no lo olvidemos, se basaban en la implantación de un régimen de delación –el acusado no sabía quién lo había denunciado ni por qué- que ahora podríamos asimilar perfectamente a lo que conocemos como estados policiales, con confiscaciones de bienes que iban a parar a la Hacienda regia.

En Navarra, donde no pudo asentarse hasta su definitiva conquista por parte de Fernando de Aragón en 1512, la Inquisición colaborará en el proceso de castellanización que supuso que el reino de Navarra acabase dependiendo de la Corona de Castilla en los órdenes jurídico-políticos más importantes, desatándose nada casualmente a partir de esos años la fiebre de procesos brujeriles utilizados, en una secuencia aún no suficientemente estudiada que abarca casi todo el siglo XVI, para acorralar a los partidarios de los Foix-Labrit, los reyes legítimos.

Por eso, cuando me asombro de que, en pleno siglo XXI, todavía podamos andar así, me acuerdo con envidia de cuando en 1487 la ciudad de Tudela hizo publicar que cualquier mensajero u oficial de la Inquisición que entrase en su término sería arrojado al Ebro, como así se hizo con un alguacil de los inquisidores de Barbastro, para enojo tremendo de Isabel y Fernando, que eran –chincha rabiña, Del Burgo- monarcas ajenos y extranjeros a Navarra. Aunque no deja de ser triste que se luchase más por la libertad propia y por la de los demás en 1487 que en nuestro anestesiado 2018.

Porque cuando se extiende cualquier sistema de censura, mediante el cual instancias ignotas nos dicen lo que debemos leer, contemplar o escuchar, se está dando vía libre al retorno de esa misma Inquisición opresiva que mantuvo a España al margen de cualquier atisbo de modernidad durante siglos.

Vale, puede que ya no se llame así, igual que en 1936 tampoco lo hacía, cuando el día 1 de agosto salió a la calle en Pamplona el primer número del periódico falangista “Arriba España” (en los talleres robados al diario nacionalista La Voz de Navarra), iba en portada el tétrico anuncio que podéis ver en la imagen.

Porque naturalmente que entonces volvió a cumplirse una vez más la inapelable sentencia del escritor Heinrich Heine: “Donde se queman libros, se acabarán quemando personas”, y a la ignominia de los 3.000 asesinados sin juicio en las cunetas de toda Navarra se añadió inmediatamente la destrucción de miles de libros en hogueras encendidas por neo-inquisidores de camisa azul y boina roja.

Camarada

Cómo se les habría ido la cosa de las manos a estos supuestos guardianes de la moral que, apenas tres meses después, el mismo Diario tuvo que pedir -a su grotesca e hipócrita manera- que cesasen tales pogromos bibliotecarios en un editorial titulado Libros en casas particulares:

La circular del Excmo. señor Gobernador, publicada hace días sobre tenencia de libros condenables es oportuna y conveniente. De la nefasta libertad de imprenta, de la propaganda suelta en libros inmundos y disolventes ha venido casi la muerte de España. Y si no ha muerto España del todo, si ahora renace para dar al mundo un Monarca, un Imperio y una Espada como anuncia el Soneto Imperial, es porque la España inculta, la España que no leía tenía la Sabiduría cierta que es sencillez y amor. Oposición nueva y antigua entre Cultura y Sabiduría.

Pero haya en el cumplimiento de estas órdenes mesura y calma, tacto exquisito precisamente porque no exigen la violencia inmediata de la guerra. […] Prohíbase la nueva edición de libros condenables, sea establecida la previa y rígida censura de los libros que se den a imprenta, hágase pesquisa en las bibliotecas públicas porque están a mano de todos. Pero déjense un poco en paz las bibliotecas privadas. Una biblioteca privada puede ser o de algún partidario del Frente Popular o de quien esté al lado de España. En el primer caso habrá sido ya recogida como medida previa de orden por la policía. Y en el segundo caso se debe suponer que quien tiene en la mente y en el corazón a Dios y a España, habrá obtenido licencia para leer libros prohibidos que le servirán únicamente de estudio y que nunca le han perturbado en sus firmes ideas. Y en ambos casos la visita a las bibliotecas privadas en inútil.”

¿Cuántos libros, cuántos tesoros bibliográficos se habrían perdido entonces definitivamente en Pamplona? ¿Cuántos habrían cambiado de mano fraudulentamente, expoliados a sus legítimos dueños? Y esto no ocurrió en Alemania, sino aquí, en las mismas calles por las que pasamos todos los días sin detenernos a reflexionar hacía donde pretenden conducirnos medidas de excepción como las de la semana pasada.

Así que no se me ocurre mejor forma de actuación, que recomendaros vivamente que leáis Fariña, que escuchéis a Valtonyc y que sigáis a Santiago Sierra, os gusten o no las propuestas que los tres purgados defienden, porque es la única manera de impedir que volvamos a caer de nuevo en las garras de la Inquisición.

Aunque si eso termina, fatalmente, ocurriendo, seguro que en Tudela nos acogen tan cálidamente como acostumbran, para que les ayudemos a tirar al Ebro a tanto censor fuera de época como ahora abunda.

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