Punto final (Un artículo de Mikel Zuza)

Firma: Mikel Zuza Me quedo helado ahora mismo, leyendo en la web de la editorial Pamiela que hace diez días falleció el maestro peraltés Juan Manuel Campo Vidondo. Fue...
Juan Manuel Campo
Juan Manuel Campo

Firma: Mikel Zuza

Me quedo helado ahora mismo, leyendo en la web de la editorial Pamiela que hace diez días falleció el maestro peraltés Juan Manuel Campo Vidondo. Fue además alcalde de esa localidad en la década de los noventa, y también prolífico autor de libros y artículos.  Pero si por algo lo recordaré siempre es por su faceta como maestro.

Un maestro de los buenos, probablemente uno de los mejores que he tenido, que a lo largo de mis distintas etapas educativas han sido muchos y muchas, pero don Juan Manuel –así le llamábamos todos y así seguiré recordándolo siempre yo- es uno de los pocos que se te quedan en la memoria afectiva, porque desde luego tengo muy claro que si a alguien debo agradecer mi pasión por la Historia es a él, que en aquellas clases de 6º, 7º y 8º de EGB, en las vetustas aulas del Colegio San Francisco –auténticas leoneras de chavales-, conseguía despertar el interés de casi todos con su manera de hablar pausada y grave.

Cuando no lo lograba, tenía también un arranque de genio temible, como aquella vez en que, explicándonos mediante unas (para aquel entonces) avanzadísimas filminas las distintas dinastías de faraones de Egipto, al contarnos que aquellos reyes habían vivido hacía más de tres mil años, uno de mis compañeros de recua exclamó en voz alta para regocijo general: “¡¡¡Huy, yo entonces no había nacido!!!” Y don Juan Manuel, como si el aula no estuviera a oscuras, localizó al gracioso y lo sacó de allí en un periquete, continuando la clase como si tal cosa.

Lo recuerdo también como alguien serio y comprometido, dueño de un sano e ilustrado escepticismo, que supo transmitirnos, y que creo mantuvo toda su vida, pues en el prólogo de uno de sus últimos libros publicados aún defendía: “No existe la objetividad histórica, como mucho una prudente subjetividad. Por eso he procurado que el listón de sinceridad, distanciamiento e imparcialidad haya sido lo más alto que mi cabeza y mi corazón me daban a entender.” Una opinión sobre el quehacer historiográfico con la que personalmente no puedo estar más de acuerdo.

Era alguien capaz de hablarnos a críos de doce años de asuntos tan importantes como la guerra de El Salvador (la guerra de Siria de nuestra generación), del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, que luchaba contra la dictadura militar, y de Radio Venceremos, su emisora clandestina. Y ese tratarnos como a personas mayores, capaces por tanto de pensar por nosotros mismos, es una de las cosas que más le agradezco, y también una de las virtudes esenciales que creo que debe tener la Enseñanza Pública.

Recuerdo igualmente alguno de los exámenes que nos hizo, así que puedo reírme todavía con sus sarcásticos comentarios, escritos en el margen con rotulador de otro color, como uno que me hizo en una redacción sobre la Guerra contra Napoleón en la que yo ya dejaba volar la imaginación más de lo conveniente, pues haciendo hablar a los distintos personajes que me había inventado, uno de ellos gritaba al enterarse de que los franceses habían llegado a Pamplona: “¡Ha estallado la Guerra de la Independencia!”.

“¿Y cómo es que ese señor era tan listo para saber tal cosa, si a esa guerra no se la llamó así hasta varias décadas después?”, me puso don Juan Manuel subrayando mucho cada palabra. Y he de confesar que esa reflexión tan simple me ha servido luego para no cometer errores de bulto a la hora de escribir mis propias historias, impidiendo que me ocurriera en ellas igual que en esas pelis de romanos en las que, si te fijas bien, siempre acaba saliendo alguien en pantalla con un reloj de pulsera en la muñeca.

Así que agradezco a este gran profesor todas y cada una de sus enseñanzas, y me alegro de haber tenido la fortuna de que compartiera su sabiduría con nosotros, a la vez que lamento profundamente no haber vuelto a coincidir nunca con él tras acabar mi estancia en la Universidad de San Francisco, que es como llamamos a ese Colegio todos los que hemos pasado por allí.

Al menos me queda el consuelo de que ambos acabamos compartiendo editorial y de que nuestros libros aparezcan recopilados en la misma colección: Ensayo y Testimonio. Hasta siempre, querido y admirado don Juan Manuel.

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