Tampoco los ángeles tienen hélice (Un artículo de Mikel Zuza)

"Júzguese si no es envidiable milagro el haber podido participar en la resurrección de una sonoridad encerrada desde hace casi seis siglos en su celda de piedra"
Timpano

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Este pasado martes, día 21 de marzo, con motivo de celebrarse el Día Europeo de la Música Antigua, la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona ofreció en su sede una presentación muy especial, porque no de otra forma puede calificarse la transformación de una piedra muda en madera llena de vida y sonido.

CartelLas obras de restauración de la fachada que da a la plaza de San José -sin lugar a dudas uno de los lugares más hermosos de Pamplona, donde la frondosidad de las copas de los castaños rivaliza en el exterior con la tupida red que forman las crucerías góticas en el interior- pusieron de manifiesto que uno de los ángeles músicos representados en el tímpano tocaba una viola de arco, que ha sido reproducida por el luthier Evaristo Bretos con maderas autóctonas (nogal, abeto y arce), para engrosar de este modo la colección de instrumentos musicales reconstruidos que replican los esculpidos en piedra en otras zonas del complejo catedralicio como el claustro o el refectorio.

Júzguese si no es envidiable milagro el haber podido participar en la resurrección de una sonoridad encerrada desde hace casi seis siglos en su celda de piedra, igual que han hecho el citado luthier, el doctor en Historia del Arte –y también excelente intérprete- Enrique Galdeano y el director de la Capilla de Música Aurelio Sagaseta.

Ambos nos dieron una pequeña lección magistral de historia del instrumento en sí, y también de historia de la música medieval. A su colaboración y riguroso estudio debemos por tanto el poder volver a escuchar una música que sonó por última vez –quizás- el 15 de mayo de 1429.

¿Y qué sucedió en esa fecha? Pues que un colorista y nutrido cortejo proveniente del Palacio Real de Navarrería, enfiló por Zugarrondo hasta llegar a la citada puerta septentrional de la catedral, prácticamente recién terminada y lista para albergar la ceremonia más importante de todas las que se celebraban en aquella época en Navarra: la coronación de sus reyes.

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Ello explicaría el tema elegido para decorar su tímpano: la coronación de la Virgen María, al fin y al cabo tan mujer como la que se disponía a traspasar el umbral de aquella preciosa puerta: la reina propietaria doña Blanca I, que no cedía el paso en el mundo ante nadie, ni siquiera ante su marido, el rey consorte don Juan.

Por tanto, y si damos crédito a la hipótesis del profesor Martínez de Aguirre (y no hará falta subrayar que yo sí que se lo doy), la viola de arco ahora revivida, inspirada evidentemente en un modelo auténtico, sonaría en semejante solemnidad para acompañar el alzamiento sobre el pavés de la real pareja.

Pero antes, el obispo, en muy alta voz, para que le oyesen todos los congregados en las naves de una catedral aún en construcción, los exhortó con la siguiente fórmula: “Antes que más avant sea procedido al sacrament de la santa unción et aventurado coronamiento vuestro, es necesario que vosotros fagades a vuestro pueblo la jura que vuestros antecesores, reyes de Navarra, fecieron en su tiempo. Et así bien el dicho pueblo fará su jura acostumbrada a vosotros. Blanca y Juan respondieron entonces: “Nos place y somos prestos de facer la dicha jura”.

Horas grandes de Navarra

O algo parecido, porque la verdad es que lo escribo de memoria recordando la de veces que escuché en su tiempo, no la coronación original, porque uno empieza a ser de provecta edad, aunque no tanto, y porque además, si hubiese estado yo presente en semejante celebración, no sé si hubiera podido resistirme a cantarle las cuarenta al recién coronado por su palmaria perversidad y mal gobierno.

Al menos hubiera querido yo advertir a la reina de lo que le esperaba. Y en cualquiera de los dos casos me temo que con funestas consecuencias para mi persona…

Así que no, lo que oí en muchas ocasiones durante mi infancia fueron aquellos discos titulados “Horas grandes de Navarra” que regalaba la extinta CAN cuando aún se dedicaba también a cosas culturales y no sólo a abrir sucursales en Washington o a repartir dietas a trisca.

Eso sí: el daño neurológico que dichas audiciones hayan podido causarme es cosa que los médicos no se atreven a dilucidar todavía, supongo que porque tienen algo de miedo a que los haga encerrar yo en la mazmorra más profunda del palacio de Olite si su diagnóstico no me satisface…

En cualquier caso, confieso que mientras el estupendo músico Sergio Barcellona tocaba la revivida viola, miré de reojo por la ventana y vi pasar de nuevo al mismo cortejo colorista y nutrido de hace 588 años. Y también que incliné la cabeza sin disimulo ante la sonriente y resuelta reina doña Blanca, cosa que agradeció infinito la persona que tuve detrás durante la conferencia.

Y no por su acendrado amor a la monarquía, sino porque así pudo por fin ver a los cantantes, que nunca he negado yo que, de haber reinado en la Edad Media, hubiera tenido el orfebre que emplear toda la producción de plata que salió de las minas de Oroz-Betelu para hacerme la corona.

Que bello es vivirAl terminar, con las siempre hermosas melodías medievales resonando todavía en mis oídos, me acerqué silenciosamente hasta la portada de San José. Una pareja se besaba sentada en los escalones, sin importarles ni ángeles ni reyes, igual que tú y yo hace muy poco. Porque si seis siglos pueden ser vencidos por el tañer de un arco sobre las cuerdas, unos años son menos que nada para recuperar un abrazo.

Entonces levanté la mirada y pude comprobar que el ángel ya no estaba. Sin duda porque cuando un instrumento mudo vuelve a sonar, un ángel de piedra recibe sus alas y puede al fin volar tan libre como su propia música.

Si además hecho tan notable sucede en Navarra, tiene el recién liberado que pasar inexcusablemente a saludar primero a sus colegas en las cumbres de Aralar e Izaga, pues es cosa notoria que respetan escrupulosamente los ángeles las Nueve Jerarquías que estableció Dionisio el Exiguo.

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Y esto de las alas que se conceden o no a los ángeles, es algo que sabía perfectamente también Frank Capra. Se lo contó Clarence, nuestro ángel de segunda clase favorito.

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