Tarde de teatro (un escrito de Mikel Castaño)

"Por la derecha, aparece corriendo otro grupo de actores, éstos van vestidos con un mono azul y portan alas angélicas a sus espaldas que, tras esperar a que los actores con cuernos se aprovisionen de piedras, empiezan a lanzar petardos"
teatroescolar

FIRMA: MIKEL CASTAÑO    |

Función teatral en el Colegio Los Laureles (antes San Fernando). Una larga cola espera ante la taquilla, las dos últimas semanas han sido de gran expectación ante el estreno, aunque algunos se hagan los sorprendidos comentando entre la fila el clásico “espero que no se agoten las entradas”. Cuentan que incluso una unidad móvil de cierta televisión privada de gran cobertura se ha desplazado a cubrir el evento.

Los espectadores van ocupando sus sillas. Las abuelitas en los palcos (el salón de actos es todo un lujo, es un colegio privado), los padres y madres en los asientos delanteros. Los repetidores atrás del todo, como de costumbre.

frasetardeteatroTras cierto revuelo y cuchicheos seguidos de saludos y aplausos, las autoridades ocupan los asientos centrales. Rostros adustos y serios ensayan una suerte de sonrisa que dirigen hacia quienes les jalean y ofrecen su apoyo. Un grupo de jóvenes actúan como séquito, pasándose una botella de coñac a escondidas. Alguien grita “¡Viva el ex-alcalde!”, tras lo que se oye un gran ¡VIVA! Y el sonido de las pulseras de las abuelitas enjoyadas de los palcos entrechocando al aplaudir. Un hombre de mediana edad con un gorrito hecho de papel de aluminio se levanta tímidamente a saludar con su mano derecha. Al terminar los parabienes se sienta y susurra a la persona que siempre le acompaña “¿De verdad que no están aquí? Sabes que están en todos lados, en todos…

Por fin se apagan las luces y se abre el telón. El decorado intenta ser el del centro de cualquier ciudad. A la izquierda, un grupo de actores vestidos de negro, con cuernos de cabra postizos y la cara pintada de rojo escucha a otro de igual porte que ejecuta un extenso monólogo en un lenguaje incomprensible para todo el público, pero que sus compañeros de escenario parecen comprender perfectamente, pues asienten con la cabeza y corean consignas, también incomprensibles, ante cada fin de párrafo. Tras el fin del discurso, sermón o lo que sea, el grupo se dirige hacia la derecha del escenario hacia un montón de falsas piedras que se encuentra a medio camino. Justo al llegar a ellas, por la derecha, aparece corriendo otro grupo de actores, éstos van vestidos con un mono azul y portan alas angélicas a sus espaldas que, tras esperar a que los actores con cuernos se aprovisionen de piedras, empiezan a lanzar petardos. El escenario se llena de estallidos de luz, objetos volando, humo y gritos.

Los espectadores siguen con interés la obra. Alguno dice aquello de “esto está más visto…”. Padres y madres aplauden a los ángeles y los repetidores gritan y jalean a los cornudos. Un bedel les manda callar cuando un tomate maduro golpea su cara. Tiene que llamar a los demás bedeles para expulsar a los tres más revoltosos. El ex-alcalde, mirando con recelo a su alrededor dice a su acompañante: “te dije que están en todos lados”. Una botella de coñac sigue dando vueltas un par de filas más atrás.

De repente, en el escenario se encienden todas las luces. Cesa el ruido, los petardos dejan de estallar y las piedras de volar. El cornudo que ha declamado al principio se acerca al centro de un escenario, clavando sus ojos en el ángel más cercano. Cuando ambos están mirada contra mirada, comienza un gran beso. Los demás contendientes comienzan a hacer lo mismo, el amor se contagia entre ellos. Ante el estupor de los espectadores comienza el sexo puro y duro y la escena de batalla deriva en orgiástica. Las abuelitas miran sin entender, padres y madres empiezan a increpar a los actores y exigen a gritos que aparezca el director de la obra. Del ex-alcalde sólo se escucha un repetido “¡sacadme de aquí!” y la botella de coñac -vacía- acaba rompiendo una de las falsas ventanas del escenario.

Tras el revuelo y la aparición de un par de ambulancias por alguna que otra crisis cardiaca, una pareja camina hacia su hogar. Ella le pregunta si le ha gustado la obra, a lo que él responde: “Me gustó más el libro. Lo tenemos en la biblioteca del cuartel”.

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