Si tocan a una… (Un artículo de Mikel Zuza)

FIRMA: Mikel Zuza  | .  El pasado mes de junio coincidió el estreno de la entretenida película Wonder Woman (al menos para quienes crecimos leyendo aquellos viejos tebeos de la...
Chapas

FIRMA: Mikel Zuza  |

El pasado mes de junio coincidió el estreno de la entretenida película Wonder Woman (al menos para quienes crecimos leyendo aquellos viejos tebeos de la editorial mexicana Novaro), con la presentación en librerías (en las que van quedando) del estupendo tratado histórico “Amazonas: guerreras del mundo antiguo”, de Adrienne Mayor. Digo bien: histórico, porque quienes piensen que las Amazonas son sólo un mito urdido por los griegos podrán comprobar que estaban muy equivocados, y que las mujeres guerreras mil y una veces representadas en las fragmentadas vasijas que –gracias sean dadas a Zeus- atestan todavía los museos de Grecia, tuvieron una existencia mucho más real de lo que pensábamos.

¿Y a quién puede extrañar tal cosa, cuando vemos todos los días ejemplos de mujeres que hacen frente a su complicado destino sin necesidad de ayudarse del arco o del hacha de doble filo que hizo famosas a sus predecesoras de la antigüedad? Personalmente considero que tienen un mérito bárbaro.

En sentido estricto, bárbaros –y bárbaras- eran en la antigüedad quienes hablaban un idioma extraño, o sea, quienes no sabían griego, la lengua culta por excelencia. De ahí que, en todas las representaciones artísticas conservadas de aquella época, podamos ver a los griegos derrotando una y otra vez y de todas las maneras posibles a aquellos pueblos que se oponían a la civilización. A la civilización griega, claro está. Y uno de esos pueblos, quizás el más indómito, fue el de los escytas. Los –y las- habitantes de las estepas más allá del Mar Negro.

Allí fue donde los soldados helenos se encontraron por primera vez con mujeres guerreras, lo cual no dejó de parecerles signo de barbarie absoluta, pues a pesar de lo avanzado de sus sociedades, la mujer griega sólo podía dedicarse al cuidado de la casa y de los hijos de quienes ahora se iban a enfrentar a un tipo de mujeres completamente distinto. Tan diferentes que incluso no vestían con la elegante túnica griega, sino que llevaban -¡horror!- pantalones o leotardos ceñidos a sus piernas. Y de tal manera aparecen representadas siempre en ánforas, lekythos o cráteras de hermosas figuras negras y rojas.

Y no es para tomárselo a broma, porque en Occidente se tardó nada menos que 2.500 años más en ver completamente normal que una mujer volviese a llevar pantalones, algo que todavía puede costar la vida a la que los lleve si tiene la desgracia de haber nacido en alguna zona del mundo controlada por fanáticos religiosos, o simplemente por estúpidos o subhumanos temerosos del poder que pueden alcanzar las mujeres.

En algunos lugares coinciden estas tres lacras a la vez en gobernantes del género masculino, y desde luego lamento muchísimo que las amazonas no puedan ya combatirlos como solamente ellas sabían hacerlo.

Pero no hay que irse a desiertos remotos ni a montañas lejanas (como dijo una vez quien también presumía de preferir a la “mujer mujer”, significara eso lo que significara en tan atrabiliario personaje) para hallar ejemplos de lo que estoy diciendo. En los recientes sanfermines pudimos asquearnos con la exhibición y venta en las calles de unas chapas ciertamente repugnantes para cualquiera, menos al parecer para el fiscal que –alucinantemente- no las consideró insultantes ni vejatorias para las mujeres.

Afortunadamente otras instancias oficiales, como el actual Ayuntamiento de Pamplona, sí que han velado por el fomento de la igualdad, con el objetivo de que los babosos no campasen a sus anchas amparándose en la multitud y en un concepto de “ciudad sin ley” que anteriores (i)rresponsables municipales, si no fomentaron, al menos no combatieron suficientemente. A destacar también el trabajo de asociaciones y peñas como Los de Bronce, a la hora de subrayar la importancia del papel que las mujeres han jugado, juegan y jugaran en nuestras fiestas.

En cualquier caso, no podría terminar este artículo sin mi habitual guiño a la historia medieval de Navarra, que, aunque habrá quién se sorprenda, garantizo que tiene también una relación concreta con las Amazonas.

Efectivamente, en una pequeña puerta tallada en el refectorio de la Catedral de Pamplona, hace ya tiempo que identifiqué una serie de escenas que muestran algunas de las “hazañas” del mítico Hércules. Y he puesto “hazañas” entre comillas porque precisamente a la que me voy a referir no me lo ha parecido nunca, pues dice la mitología que el forzudo semidiós empleó el engaño y las malas artes para robar el escudo de Hipólita, la reina de las amazonas. Y así aparece representado, embrazándolo y defendiéndose con él del ataque del invulnerable león de Nemea.

Ese escudo que podéis ver en la imagen, y del que se conservan contadísimos ejemplos en el resto de Europa, muestra tres cabezas femeninas, las armas heráldicas que a inicios del siglo XV miniaturistas parisinos diseñaron para las Amazonas. Y lo hicieron de esta forma porque los antiguos griegos dejaron escrito que estas mujeres guerreras vivían repartidas en tres tribus o naciones: Lykasto, Kadesia y Themyscira (precisamente la ciudad donde vive Wonder Woman, que además es hija de la reina Hipólita).

Y se me ocurre que la mejor respuesta que podrían tener esas repulsivas chapas sería repartir otras con este escudo pamplonés que ahora os estoy descubriendo, por lo que significó en su momento de reivindicación de la condición femenina en un entorno tan misógino como el del clero medieval, y por lo que sigue significando en el momento actual, donde algunos siguen sin querer entender un lema con el que las Amazonas se identificarían por completo: “Si tocan a una, respondemos todas”.

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