Torres más altas han caído (Un artículo de Mikel Zuza)

Firma: Mikel Zuza Torres. Torres que se levanten contra el cielo. Torres que defiendan. Torres que opriman. Torres que formen cerco de murallas, como en Artajona. Torres solitarias, como...
Pamplona

Firma: Mikel Zuza

Torres. Torres que se levanten contra el cielo. Torres que defiendan. Torres que opriman. Torres que formen cerco de murallas, como en Artajona. Torres solitarias, como la de Ayanz. Torres que dominen el territorio sobre el que se asientan. Torres que demuestren a todos quien –sigue- mandando aquí.

                  Torres de la vieja Iruña. La de san Lorenzo era la torre más alta y galana, por eso mismo entre O’Donnell y Ansoleaga se encargaron de echarla abajo. Las torres gemelas de san Cernin las desmocharon los invasores castellanos en 1512. La Mari Delgada daba a la Taconera, y como su nombre indica era la más airosa de todas las que rodeaban Pamplona. La de la Galea, recientemente reaparecida, fue sin duda la más terrible: desde sus almenas se arrojaba a los condenados a la misma plaza donde hoy en día, cada seis de julio, se inicia la fiesta más dionisiaca del año. Eros y Tánatos, alrededor de una torre. Incluso con un toque de humor negrísimo, porque un documento afirma que uno de los reos –Martín Chaxas, se llamaba el infortunado- sobrevivió a la caída en 1336. El verdugo, pulcramente funcionarial, preguntó a la Corte de Justicia que qué debía hacerse ante tan inusual caso. El tribunal ordenó que pusiesen al herido en una camilla, lo subiesen otra vez y lo volviesen a arrojar desde las almenas. Naturalmente no sobrevivió, y siempre he creído que nuestro aeropuerto –como desagravio jurídico- debería llevar su nombre, pues hasta el siglo XX no volvió a haber navarro ni navarra que volase tanto y tan seguido.

                Las torres más feas, sin duda alguna, las de la catedral, según dejó dicho Víctor Hugo, juzgando a Ventura Rodríguez y a su fachada con la más certera sentencia que uno imaginarse pueda, sobre todo tratándose del castigadísimo urbanismo pamplonés: “Cuidado que lo feo es feo, aunque tenga pretensión de ser bonito”. Si en algunas facultades de arquitectura la grabasen en la entrada, nos hubiéramos ahorrado muchos desaguisados. Como en casi todas la que suelen grabar es la que les sopló Dante al oído: “Abandone toda esperanza quien entre aquí”, de aquellos polvos, nos vienen varias de estas malhadadas torres.

                También torres imaginarias que tienen su reflejo en la realidad. La torre negra de Mordor, que Tolkien ideó para que el mal imperase sobre los hombres. Y parece que muchos siguieron su ejemplo a pies juntillas. Por ejemplo, quien diseñó la torre de Atotxa, en Donosti. La ciudad más bella del mundo con uno de los emplastos más horrendos que se recuerdan. Pero eso sí: bien alejado del centro, porque allí sí que debió haber alguien que –para variar- pensó con el corazón y no sólo con la cartera. Y qué decir de las madrileñas torres Kio, tan inclinadas en el Día de la Bestia como la firma del Demonio. El lugar idóneo para que naciese el Anticristo: aquél que traerá consigo toda la fealdad y la tristeza que sólo el acero korten es capaz de albergar.

                Y llegamos a las torres que más me importan ahora mismo. Las que espero que nunca se levanten sobre la Media Luna, aunque no deje de escamarme el viejo romance: “Vinieron los Salesianos, y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos.”  ¿O eran los Sarracenos? No sé, no me acuerdo bien, aunque quizás en este caso el orden de los factores no altere el nefasto producto final que quieren dejarnos como “regalo de despedida” a los habitantes de esta gloriosa ciudad. Y tampoco es tan raro, pues desgraciadamente nunca han faltado entre las altas jerarquías de la política y el clero forales devotos fieles de la desdichada máxima que se llevó por delante lugares irrepetibles como la Plaza del Castillo: “arreglemos lo que no está estropeado.”

                  Lo que sí recuerdo perfectamente de mis tiempos de estudiante, es la definición de Poliorcética: “arte de atacar y defender las plazas fuertes.” Y esas plazas fuertes incluyen, por supuesto, a las torres. Recuerdo también como aborrecía desde pequeño a quienes llevaron esa técnica en Navarra a su mayor expresión: el coronel Villalba y el cardenal Cisneros. Entre los dos derribaron todas las torres y castillos del reino de Navarra, y lo hicieron tan bien, que hasta dejaron de ello orgullosa constancia escrita en una famosa carta en la que se jactaban de haber dejado a Navarra tan baja de fantasía, que ya nadie osaría volver a levantar la cabeza.

                Pues que me perdone Iñaki Sagredo, lord comandante y protector de lo poco que esos dos Atilas nos dejaron, y el hombre que más sabe sobre nuestras castellológicas ruinas, pero visto lo que está pasando con Salesianos: ¡Vivan Cisneros y Villalba! Y juro ante las muy simbólicas piedras de Amaiur, que jamás había pensado yo en alabar a semejantes salvajes. Pero ahora mismo –poliorcético perdido, aunque a la fuerza- considero hermanos de batalla a todos aquellos que se complazcan en derribar torres, incluso aquellas que todavía no asustan más que sobre el papel, de donde confío en que no lleguen a salir jamás.

                Unas torres que destruirán para siempre el paisaje urbano de Iruña, incidiendo desastrosamente sobre el skyline más bello de Pamplona: aquel que puedes disfrutar desde la Magdalena o subiendo desde la cuesta de Beloso. La misma que contemplaron quienes, durante los últimos quinientos años, tuvieron el buen gusto de pararse a dibujar una panorámica que no existe en ningún otro lugar del mundo, en lugar de contentarse con cuadrar los libros de cuentas.

                ¿Y sabéis lo que os digo? Que tengo fe.

                Torres más altas han caído.

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