De tricolores, símbolos y trapos (Un artículo de Idoia Saralegui)

Y ver esa bandera ondear, aunque solo sea un día, es un rayo de esperanza en que el camino es largo, pero está a nuestros pies
bandera republicana tricolor

Firma: Idoia Saralegi

La semana que viene es el aniversario de la instauración de la II República. Y además, este año 2017, como el Gobierno del Cambio está en todo, han puesto la celebración en día festivo. ¿Qué no? Anda, que ahora me vais a decir que es casualidad que el 14 de abril este año caiga, precisamente, en Viernes Santo… Estos antisistema de las instituciones seguro que lo han hecho a propósito. Lo mismo que cambiar la Ley de Símbolos hace solo unos días. Porque todos sabéis que lo hicieron para que el proximo viernes ondée la tricolor en el balcón del Parlamento y aquí paz y después gloria…

            Hace ya una cuadrilla de años, un 14 de abril puse una bandera republicana en el balcón de mi despacho en el Ayuntamiento de Pamplona y, en cuestión de minutos, con una eficacia germánica, vinieron a retirarla porque, según me informaron, era inconstitucional. Que digo yo que eso debe ser un insulto muy feo, porque lo usaban mucho. A veces me pregunto qué hubiera pasado si en vez de colocar esta bandera hubiera decidido poner en mi balcón un trapo de la Heineken. Posiblemente me hubiesen dicho que era interesante mi propuesta de que el Ayuntamiento se hermanara con una marca que pensaba en verde, igual que la bandera de Pamplona.

Idoia

Y ¿a qué viene esto? A que me ha hecho mucha gracia toda la que se ha montado alrededor de la Ley de Símbolos. He alucinado, escuchando hablar de traición a Navarra; de que se está queriendo convertir el Parlamento en la casa de la Charito. E incluso de dolor por la derogación de esta Ley. Dolor me produce a mí ver a una señora y a sus hijos que no llegan a fin de mes, que tienen que comer mal porque después de pagar el alquiler no hay dinero para comprar carne, pescado o verdura y que, como además, no pueden poner la calefacción, están pasando frío. Pero, claro, si digo eso es que soy una demagoga. Y no sé si lo soy; pero lo que no me siento es muy de banderas. Y seguramente por eso el debate me ha pillado un poco fuera de juego.

            Porque yo podría vivir perfectamente sin la tricolor. Luego, que me ponga unos pendientes rojos, amarillos y morados el 14 de abril y que me haga ilusión ver ondear la bandera republicana en el Parlamento ese día, no deja de ser una cosa folklorica; que todos tenemos nuestras contradicciones. Pero, por mí, laicismo identitario, que cada uno se sienta representado por la bandera que quiera y, lo que es más importante, que por ello no se sienta excluido. Porque para mí que lo importante son los valores, las creencias, la cultura democrática que subyace y no la tela que lo representa. Y por eso, cuando defiendo la tricolor, en realidad, lo que estoy defendiendo es mi esperanza de que un día haya un referendum en torno a la posibilidad de instaurar una III República, con un nuevo modelo de jefatura de estado, pero también de valores cívicos y sociales. Porque creo firmemente en la radicalidad de la igualdad, la desaparición de los absurdos privilegios de cuna, en las libertades individuales y en la justicia social. Casi puedo decir que mi credo son los grandes y viejos mandamientos republicanos, que no han perdido ni un gramo de vigencia.

“El primero, amar a la Justicia sobre todas las cosas. El segundo, rendir culto a la Dignidad. El tercero, vivir con honestidad. El cuarto, intervenir rectamente en la vida política. El quinto, cultivar la inteligencia. El sexto, propagar la instrucción. El séptimo, trabajar. El octavo, ahorrar. El noveno, proteger al débil. Y el décimo, no procurar el beneficio propio a costa del perjuicio ajeno”.

Y digo esto porque, por mucho debate que se haya producido a favor o en contra de la derogación de la Ley de Símbolos y lo interesante que será ver y fotografiar el día de Viernes Santo la bandera republicana ondeando en el Parlamento de Navarra, yo seguiré siendo consciente de que solo es un trapo. Por mucho que me guste; por mucho que sea una romántica que cada vez que la miro piense en Mariana Pineda tejiendo su bandera morada con el lema Libertad, Igualdad y Ley o en mi tia-bisabuela Julia, que tenía una tricolor en su casa con la emoción de atesorar lo prohibido.

Porque sigo pensando que lo que estuvo prohibido, sencillamente mañana puede hacerse posible. Y ver esa bandera ondear, aunque solo sea un día, es un rayo de esperanza en que el camino es largo, pero está a nuestros pies.

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